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viernes, 23 de febrero de 2018

La culpa es de los ¡RICOS!


Voy a cambiar un poco mi acostumbrado estilo de escritura en este post, en respuesta con los cientos de posiciones que he visto en las redes sociales esta temporada electoral. En estas elecciones se está retomando un discurso altamente destructivo: la lucha de clases. Es por esto que me puse a disertar un poco sobre el tema desde MI realidad. No voy a hablar, ni a juzgar los casos extremos que siempre los habrá.

Después de hacer una breve revisión a todas las decisiones de mi vida, los caminos recorridos y las experiencias vividas, me di cuenta que yo no tengo dinero (porque rico sí que estoy) por culpa de las oligarquías, los millonarios y los empresarios. Por eso yo no tengo casa, no tengo carro y mucho menos dinero. PORQUE TODOS, incluido este estado ladrón, son responsables de que yo no tenga un peso.

No es mi culpa, no. Nada tiene que ver el hecho de que, en lugar de ser más dedicado en mis estudios secundarios para alcanzar una mejor calificación en los exámenes de estado, me dedicarme a la recocha y la vagancia. Tampoco el que, teniendo la posibilidad de ingresar, no escuché el consejo de mis padres y luego me gustara más tener plata que estudiar.

Tampoco tiene relación el que trabajando y ganando dinero me dedicara a la rumba, a salir cada fin de semana con mis amigos y endeudarme para tener con que rumbear. Tampoco es haberme retirado de la U por estar de “culi pronto” detrás de una mujer mayor. Y menos el endeudarme para que ella tuviera su casa.

Tampoco el demorarme 4 años en mejorar mi nivel profesional y mejorar mis ingresos. Desde luego, el que hubiera DECIDIDO pagar las deudas de una novia que tuve y continuar con mi vida de bohemio, junto a ella, dedicado de lunes a sábado, en tertulias de Martini, tampoco tiene algo que ver.

¡No! La culpa es de los empresarios, del estado que nos tiene pobres, no de mis decisiones… ¡No! toda la culpa es de la oligarquía que no me quiere ver progresar. Tampoco es culpa de que en mi desorden perdí uno de los trabajos mejor remunerado que tuve y me dediqué a la guachafita con personas que dijeron estar a mi lado y en medio de la necesidad me dieron la espalda y me dejaron solo, incluida mi pareja.

Yo no soy responsable de nada, el ESTADO me debe asegurar una calidad de vida, la OLIGARQUIA y los grandes empresarios se deben responsabilizar, no solo de mí, sino de los millones de personas que estamos estirando la mano para que nos den comida y calidad de vida… Es que, ¡cómo no lo pude vislumbrar antes! Todos los que se han retirado de la universidad para seguir la rumba o mantener la bendición; todos los que llega el viernes y se toman su dinero en la cantina del barrio; todos los que trabajan de sol a sol y luego se olvidan que tiene hijos.

¡Ellos no son los responsables! ¡es el estado! Tampoco los jóvenes que se retiran del colegio para conseguir dinero y embarazar a la peladita de la cuadra y luego terminar delinquiendo. ¡Ellos tampoco son responsables! ¡es la perversa Burguesía!

Pero dejando de lado los sarcasmos y confesiones; dejando de lado los casos extremos fruto de padres irresponsables que tiene hijos en medio de la basura o embarazan una adolescente y las dejan abandonadas. Yo considero que es el sujeto el responsable de su realidad; de lo que obtiene y de lo que pierde. Siempre me llevaré en el corazón ese poema que me enseño mi padre: “al final de mi rudo camino, me di cuenta que fui el arquitecto de mi propio destino

Mi padre siempre me enseñó que pasara lo que pasara con mi vida, el único responsable sería yo, de los triunfos o fracasos. Y eso me ha llevado a buscar, a pesar de las necesidades en las que nacimos, un mejor presente. Cierto, yo no tuve dinero, hubo mucha escasez en mi hogar, pero siempre estuvo mi padre y mi madre dándonos amor y ejemplo.

Cierto, hay muchas personas que tiene muchas necesidades o nacen en medio de situaciones extremas y el estado tiene mucha responsabilidad. Pero a pesar de lo que le corresponda al estado, debemos recordar las responsabilidades del sujeto, de cada uno. De los miles de padres que se olvidaron de sus hijos, de las miles de madres que los abandonaron. De los que prefirieren el vicio a sus familias o delinquir que trabajar.

Hoy se habla mucho de la responsabilidad de los demás hacia el sujeto, pero no debemos olvidar que cada uno es el arquitecto de su destino, cada uno tiene la posibilidad de decidir. No solo excusarnos y decir “el estado no me ayudo, no me brindaron la oportunidad” porque no importa que tan injusta sea la vida, a cada paso siempre tenemos la oportunidad de tomar una decisión.

Yo he tomado muchas malas decisiones y unas cuantas buenas, pero si algo me he llevado toda la vida en el corazón es que yo seré el culpable “de la hiel o la miel” que reciba de las cosas. No se tu caso, pero te invito a reflexionar si realmente eres solo una víctima de las circunstancias o eres fruto de tus decisiones. No pienses en las decisiones de tus padres, piensa en lo que pasa fruto de tus propias decisiones.

Espero que al final, al igual que yo, te des cuenta que somos solo el resultado de lo que nosotros hemos labrado para nosotros. Y así, ojalá, en medio de estos discursos que tanto se oyen no viéramos clases, sino realidades y responsables.

No existe un mesías que nos pueda solucionar la vida, si nosotros no trabajamos para cambiar nuestra realidad, ningún Superman lo hará.


Por lo menos así lo veo yo.

miércoles, 30 de agosto de 2017

El peso de los años


Es común entre mis amigos, cada vez que nos reunimos, hacer referencia a mi “longevidad” según sus bromas y comentarios, no solo soy el más viejo del grupo, sino de todos los grupos. Es natural ver en mi cumpleaños la referencia a Luis I de Hungría (Desde hace tres años), puesto que ellos insisten que es la referencia más antigua de mi vida. Para mi estas comparaciones en lugar de molestarme, me llenan de orgullo, sentirme el ser humano más viejo entre mis amigos o incluso entre la mismísima humanidad.

Ha habido momentos donde he llegado a pensar que realmente lo creen, que piensan que en realidad soy tan anciano como acostumbran decirlo, incluso creo que yo mismo he llegado a considerarlo como una realidad. Es interesante ver como cada vez que llega alguien nuevo se queda asombrado y pregunta si soy mayor de lo que parezco… el motivante de estas pequeñas bromas no es objeto de este post, más bien he querido disertar sobre el peso de los años en algunas personas.

Muy a diferencia de mi actitud frente a la longevidad y la posibilidad realmente de haber vivido durante varios eones, es muy sorprendente ver el impacto que la edad tiene sobre algunas personas. Por estos meses que deambulan, varios de mis amigos han empezado su camino al cuarto piso, y al igual del impacto que tendría subir por las gradas de cuatro pisos corriendo, la llegada a este escalón de la vida los ha dejado sin alientos, tristes, podría decir que hasta desmotivados.

No puedo negar que antes de que se empezara a realizar entre mis amigos el comentario de mi sorprendente longevidad, cada vez que se aproximaba la llegada de mi onomástico, entraba en una grave crisis existencia pensando en lo que no había hecho, en las metas no cumplidas, en las malas decisiones, en los grandes errores, en las perdidas y fracasos.

Era mortal y no solo por el tiempo que, quizá, me restaba, sino porque las metas que me había autoimpuesto no se estaban cumpliendo en los lapso que había determinado, porque esto o aquello debía haberlo hecho en tal o cual fecha y ya había pasado. Era como si el cierre de ese ciclo significara presentar un informe de gestión al más sádico de los patronos, mi propio ego.

Y entonces era totalmente terrible ya había llegado a los 30 y no había aprendido los dos idiomas que me había puesto de meta, ya tenía 33 y todavía no sabía tocar un instrumento, llegaron los 34 y no había empezado mi maestría, ya estoy en los 36 y todavía no he tenido mi primer carro… cada cierre de ciclo se convertía, para mi, en un juicio, en un patíbulo… en un cronometro que podía detenerse en cualquier momento y yo seguí sin cumplir con los mínimos que me había IMPUESTO.

Y entonces comenzaron las chazan frente a mi innegable longevidad, la longevidad de ese ser imaginario que ha visto crecer a Amparo Grisales, que le dio clases a Chavelo en la escuela y que conocío el mar muerto, cuando todavía estaba vivo… y en medio de los chistes, las bromas y chascarrillos una idea nació en mi interior. Los años no son nada, el tiempo es solo una dimensión que nos hemos impuesto nosotros mismos.

Nosotros buscamos las herramientas para frustrarnos frente a las metas y sueños, somos excelentes destructores de nuestra autoestima y esperanza, nos imponemos fechas, tiempos y reglas y caminos que muy seguramente pueden tomar un poco más, pero lo hacemos para tener la posibilidad de, masoquistamente, darnos látigo.

Pensar en mi longevidad me hizo darme cuenta que 30 o 40 años no son nada, son un suspiro, son un camino de experiencias y aprendizajes, que quizá otros en ese tiempo hayan logrado más cosas, pero también hay muchos que no han vivido lo que yo he vivido… son casi 40 años (reales) de caminar, cometer errores, aprender… pero sobre todo de vivir, no sé cuántos años más me depare el futuro, no se si relamente sean siglos o tal vez tan solo unos minutos.

Pero hay algo de lo que estoy totalmente seguro, lo que esté por delante tengo que verlo con expectativa, con esperanza, con fe, con ánimo porque es la oportunidad de seguir aprendiendo, de seguir creciendo, de seguir conociéndome… es la oportunidad de seguir viviendo y para vivir no hay edad.

¿no has alcanzado una meta cuando lo querias? Si no estás muerto la vida te está invitando a que lo hagas cuando quieras!!! No hay excusa!!! Estamos vivos ... HAY QUE VIVIR.

Así que quizá estás llegando al cuarto o al quinto o al sexto… no importa a que piso de los niveles de tu vida estés llegando, mira el pasado como una experiencia, el presente como una oportunidad y el futuro como un sueño.

Los años no son un peso, los años son la fuente de energía para enfrentar todo lo que la vida nos depara en el presente y en el porvenir.


Por lo menos así lo veo yo.

Fuente imagen: https://c.pxhere.com/photos/d9/d9/ghost_town_forgotten_place_wild_west_village_old_wood_building_house-1088921.jpg!d

lunes, 22 de mayo de 2017

¡Matándome suavemente!



Hace algunos días disfrutaba del humor de un meme que hacía referencia al tabaquismo, en la imagen, una cajetilla advertía que el cigarrillo daba cáncer, pero en letra menuda decía que igual la carne, el sol y respirar, así que en últimas tendríamos una muerte horrenda, entonces porque no disfrutar ese “pequeño y malsano hábito”.  Y me dejó pensando en la infinidad de pequeñas cosas que acostumbramos día a día y nos pasarán en un futuro la cuenta de cobro, una manera delicada de matarnos suavemente.

Viendo poco a poco como diariamente tenemos hábitos que nos consumen suavemente, nos van destruyendo. Desde cosas elementales como la sal, la carne y las harinas, solo por mencionar los alimentos. A esto se pueden sumar costumbres como caminar bajo el sol, el exceso de ejercicios, podríamos decir que efectivamente casi todo lo que nos rodea y nos general algún tipo de placer, de una u otra forma nos lleva destruirnos.

Y podríamos llegar a la conclusión de que deberíamos meternos en una esferita que nos evite morirnos trágicamente; pero, ¿realmente estaríamos viviendo? Alejarnos de todo, encerrarnos en una esfera sin disfrutar de nada, encontrándole el pero a cada cosa que encontramos a nuestro alrededor, esa sería solo una forma de matarnos rápidamente, y no lentamente, como estamos hechos para hacerlo, porque lo único realmente claro en nuestra existencia es que querámoslo o no, algún día llegará ese día donde nuestro cuerpo deje de respirar.

Bueno, me he desviado un poco de la temática sobre la que quiero disertar en este post… fuera de nuestros hábitos alimenticios o de nuestras costumbres para sentirnos vivos, hay unos realmente destructivos y que nos consumen. Y estos son los hábitos emocionales, esas costumbres que no destruyen el cuerpo, sino el alma, el espíritu y nos van cortando poco a poco las ganas de vivir.

Son muchos las costumbres de ese tipo que vamos adquiriendo en el camino de la vida, generalmente nacidas de nuestros temores y que nos llevan a tomar posturas de vida que acaban con lo realmente importante, nuestro espíritu. Una de los hábitos más comunes de este tipo es la autoflagelación, tomamos la tendencia a darnos “látigo por nuestras decisiones.

Muy en el fondo de nuestro corazón consideramos que no podemos cometer errores y cuando los cometemos la empredemos lanza en ristre contra nosotros mismos, nos flagelamos, nos castigamos… casi que nos torturamos y obviamente, nuestros vecinos generalmente aportan significativamente a esto, emitiendo juicios de valor sobre nosotros, considerando que nuestros errores “nos definen” y la realidad es que solo representan un momento de nuestra vida, pero que siempre estaremos en capacidad de cambiar. Esta búsqueda de la perfección nos consume peor que el tabaco, porque nunca vamos a ser perfectos, somos imperfectos y ahí está el placer de vivir, en ser imperfectos.

Luego nos encontramos con la firmesa, la inamovible  palabra, es tan precioso ver como las personas se destruyen así mismas cimentadas en esta “astuta” determinación. Escuchas frases de cajón como “es que yo tome una decisión y la sostengo hasta sus últimas consecuencias”, y lo más interesante del asunto es que por dentro se van consumiendo, se van perdiendo, dejando de ser quienes son, pero es que ya se tomo una decisión, ya se dijo algo y hay que mantenerlo.

Me recuerda la postura de un amigo que alguna vez acepto frente a su familia que sus preferencias sexuales habían cambiado, sin embargo tiempo después volvió a sentir atracción por el sexo opuesto, sin embargo ya no se iba a regresar, porque ¿Cómo diría en su casa que antes era y ahora no?... fue bastante cómico. En la vida, gracias el maravilloso Einstein se llegó a la conclusión de que todo es relativo… las decisiones son llevadas a cabo por motivaciones del entorno, pero si estas cambian, estoy en la libertad de cambiarlas.

Olvidamos que no somos máquinas que tengamos una programación, somos seres humanos RACIONALES y libres, por tanto, si las razones de una decisión cambian, yo tengo la libertad de cambiar de postura cuantas veces quiera… nada me retiene en un punto, más allá de mi deseo de autodestruirme. Cambia cuantas veces quieres, solo le debes cuentas a un ser humano, a ti mismos.

A estas costumbres se puede sumar la dependencia, esa horrible actitud que nos genera apego a las personas, a las cosas, al “Statu Quo”… le tenemos miedo a cambiar, queremos mantener nos apegados a las personas, se vuelve una droga, no dejamos ir, no soltamos… parecemos una rémora pegada a otro como si no hubiésemos llegados solos a este maravilloso mundo, hasta de nuestra madre nos cortan el cordón umbilical en el mismo instante de nuestro nacimiento, porque de lo contrario por ahí empezaríamos a morir.

No estamos atados a nadie, ni a nada. El corte del cordón umbilical nos debe enseñar que si mantenemos esos lazos y amarres, poco a poco nos iría destruyendo, consumiendo, infectando hasta desaparecer, dejando de ser quienes somos. La única vida sobre la cual estamos atados, que tenemos que sacar adelante y que nunca podremos soltar, somos nosotros… la vida es un camino, que va cambiando, a veces hay lluvia, otras sol… pero en ese camino siempre cambiante nos encontraremos compañeros de viaje, unos irán a nuestro lado unos metros más que otros, pero lo único que siempre será el constante es el camino, el cambio y tú.

Por último, pero no menos dañino, está el mismo miedo… el miedo a vivir a equivocarnos, a caernos, a rasparnos y aprender. Pero aprender no es encerrarnos en un espejo o llenarnos de prejuicios en el corazón para no volver a experimentar. Vinimos al mundo a vivir intensamente, a disfrutar, a equivocarnos, a caer, a saltar, a soñar, a reír y a llorar. El miedo nos va consumiendo la vida, la fuerza para desear vivir y disfrutar.

Cierto nos vamos a lastimar, quizá vamos a llorar, pero cada lagrima también nos ha enseñado a reír… nada más destructivo que dejar de vivir por miedo, nada que realmente nos mate, como simplemente cubrirnos en nuestro miedo para no hacer las cosas… ¿de qué te cuidas? ¿No sabes que al final no saldrás vivo de esto?

Vive intensamente, con energía, lucha, sonríe, camina bajo la lluvia, tiende la mano, enamórate, perdona, no guardes rencor… solamente vive… no hay tiempo para nada más…


Deja de matarte suavemente y empieza a vivir intensamente. Al final cuando llegues al límite del camino y te toque ver de frente a la parca, lo único que valdrá la pena fue lo que viviste, lo que amaste, lo que ayudaste y lo que reíste.

Fuente imagen: https://exitoxminuto.com/wp-content/uploads/2016/09/man-1394395_1920-649x433.jpg

sábado, 11 de febrero de 2017

¿Renunciando? No, luchando


Siempre escuchamos que una de las peores emociones que una persona puede sentir es el deseo de renunciar, toda la vida nos han bombardeado con el concepto que cuando se renuncia a algo se es cobarde, se está desistiendo, se está dejando de amar y no vales la pena. Que luchar es mantenerse, insistir e ir contra la corriente.

Es tan alto el elevado concepto que existe de que alejarse es renunciar, es cobardía y dejar de luchar, que hubo muchas personas que cuando vieron Titanic juzgaron a Rose por dejar que Jack se hundiera en el océano y no quedarse aferrada a él, no seguir por amor con aquel hombre que moría por estar a su lado (como efectivamente pasó). Todos quieren un amor al estilo de Romeo y Julieta, donde el uno murió al lado del otro, porque no iban a renunciar a estar junto a su amor.

Siempre nos están llevando a pensar que la única forma de luchar es persistir, exigir que el otro esté a nuestro a lado… hasta los hijos, queremos que nunca se vayan, que estén con nosotros. No queremos aceptar el hecho de que algún día abrirán las alas y tendrán que seguir su camino.

Es más, si fuéramos aves, estoy seguro que a diferencia de estas, que tiran a sus crías del nido para que aprendan a volar y hagan su propia vida, nosotros seguramente les cortaríamos las alas y los ataríamos al nido para que estén con nosotros por el resto de nuestra vida.

Pero la realidad es que, como seres humanos posesivos que somos, esto lo transferimos a todos los aspectos de nuestra vida, tomamos ese apego y lo reforzamos con una lucha cultural contra la cobardía… haciendo énfasis en que renunciar es dejar de amar, es estar derrotado, es estar vencido.

Pero no, a veces reununciar a alguien es la forma más pura de amor, es tener que luchar contra tu corazón, contra tus sueños… es luchar con todas tus fuerzas por alejarte del ser que amas con toda tu alma y pensar en su felicidad y no en la tuya. Es anteponer a esa persona a todo lo que significa tu ego y tu orgullo, ceder como Jack, la tabla para que Rose sea quien viva, así eso signifique que vayas muriendo poco a poco, congelado en el frío de la soledad, pero con la certeza de que ella vivirá y será feliz.

A veces renunciar es enfrentar la más difícil de las luchas, la lucha contra ti, contra todo lo que tú representas, contra todo lo que siente y decir que es mejor hacerte un lado y que ese amor siga su rumbo… que siga el camino que ha decidido tomar, que lo enfrente como Rose tuvo que hacerlo. Sin embargo, nunca en su vida dejo de amar a Jack, quizá si el hubiera sobrevivido milagrosamente, la vida los hubiera vuelto a reunir y habrían terminado juntos.

Luchar por amor, es permitir que el otro se reconozca, sepa lo que es capaz de hacer y vea que tan grande es el amor por ti, vea que tan fuerte es lo que siente… quizá algún día regrese, pero lo cierto es que para que alguien regrese, primero tiene que irse.

Por eso, desde mi corazón, pienso que en ocasiones hacerte a un lado, hacer un alto en el camino, quizá cambiar de rumbo y dejar que otros vivan su vida, no es una forma de dejar de luchar, es solamente renunciar a tu felicidad para que el otro sea feliz.

Esa renuncia requiere la fuerza más grande de la naturaleza para mantenerla, el amor… solo cuando amamos con el alma, con el corazón y con la vida, anhelamos por encima de nuestra felicidad, la felicidad del ser amado y por su felicidad en ocasiones debemos tomar decisiones que nos van a matar, pero que le darán vida a quien amas.


Por eso no podemos decir que la renuncia es cobardía, a veces se necesita la mayor de las valentías. 

Fuente imagen: http://criarum.org.br/wp-content/uploads/2016/01/desistir_nunca.jpg

viernes, 16 de diciembre de 2016

La aterradora soledad


Toda la vida me he considerado una persona “más o menos” valiente, siempre he sido de los que se le mide a cualquier reto que le propongan y desde niño, ni la obscuridad me ha detenido para reír, caminar o disfrutar, por el contrario, parecía disfrutar de la obscuridad. Aunque no voy a presumir mucho, hubo mis momentos de susto.

Mi infancia la viví al lado de, los que considero, los personajes más terroríficos del séptimo arte: Freddy Krueger, Jason Voorhees y Michael Mayers. Siempre he pensado que Dracula, el hombre lobo y monstruo de Frankenstein “Comen chitos” al lado de los tres primeros, porque a diferencia de los otros, los primeros son inmortales, nada los puede destruir y son capaces de atacarte hasta en lo más íntimo de tus sueños.

Obviamente el “séptimo arte” siempre busca la mejor forma de asustarte y que no puedas dormir sin tener la luz prendida o sin que ninguna de las partes de tu cuerpo salga de la sábana. Hoy por ejemplo encontramos algunos como Anabell o Samara Morgan, quienes te vienen a sembrar el terror hasta en lo más profundo de tus entrañas.

Sin embargo, a pesar de todos estos grandes personajes e historias de terror, lo único en mi vida que logra erizarme hasta lo más profundo de mis entrañas, lo único que realmente me hace temblar de miedo y llorar desconsoladamente, es “la aterradora SOLEDAD!”… y no me refiero a estar solo, comer o ir a un espectáculo solo, ni siquiera a sentarme en un bar a tomarme una cerveza (Ya van a decir que soy alcohólico).

No, mi temor va muchos más allá, es el miedo a pensar que no le importo a nadie, a pensar que voy a llegar a la habitación donde duermo y estaré solo, que no tendré a quien abrazar, a quien besar, que no tendré a quien amar y mucho menos alguien que me pueda amar, no tener con quien desear despertar y no solo dormir.

Y en muchos momentos de mi vida esta incontrolable fobia, a este terrorífico personaje (La soledad), me hizo rodearme de personas destructivas, personas que me generaban más tensión y estrés que tranquilidad, pero prefería aguantarme ese tinto recalentado o los cuernos de una niña indefinida o las excentricidades de una dama de cuatro décadas, que tener que enfrentar mi mayor miedo.

Pero llegó el momento, donde al ver la situación de vida de alguien muy cercano a mí, que en el afán de huir del dolor y la soledad se acompañó de un personaje, al cual nunca había vislumbrado como pareja, que recordé aquel viejo dicho de los abuelos “Más vale solo, que mal acompañado”.

Y entonces empecé a recordar como en muchas ocasiones, por el afán de no estar solo, me rodee de personas que terminaron siendo más perjudiciales que benéficas para mi vida, tanto “amigos” (Entre comillas, porque nunca lo fueron), como parejas y entendí que la sabiduría de los ancianos es el resultado de muchas experiencias de vida.

Cuantas veces por miedo a la soledad terminamos destruidos, derrotados, traicionados, perdidos. Cuantas veces en ese afán de estar rodeados y “acompañados” terminamos perdidos, dejando ser quienes realmente somos, ocultando nuestros sueños y deseos, mintiendo y engañando solo por mantener en nuestras vidas personas que realmente no queremos.

Y fue entonces donde tuve que enfrentar este aterrador miedo y descubrí algo aún más importante, no era a estar solo a lo que le tenía miedo, era a estar solo conmigo mismo, era miedo a conocerme en realidad, porque cuando estaba rodeado de personas no era yo quien estaba ahí, era la persona que ellos querían ver en mi la que estaba.

Estar solo me ha llevado a conocerme, a saber quién soy, a no tener miedo a ser aceptado o rechazado, simplemente a aceptarme yo. Es duro, sobre todo llegar a una habitación de un apartamento solitario y pensar en la mujer amada en otra cama, pero mientras que la vida así lo estime seguiré compartiendo este camino con el ser humano más interesante que la vida me ha permitido conocer… YO

Te invito a que no tengas miedo a la soledad, que no temas conocerte, a veces la vida nos invita a recorrer algunas distancias solos para que aprendamos a apreciar algunas cosas que estando acompañados no tendríamos la posibilidad de ver… es como salir a caminar en medio de la naturaleza, si vas solo tendrás más posibilidad de disfrutar de la belleza que te rodea, que si vas acompañado… esa persona llegará o volverá a tu vida cuando sea el momento indicado.


Recuerda, la única forma de superar los miedos, es enfrentándolos… vale la pena.

Fuente imagen: http://www.sanar.org/files/sanar/la-soledad-puede-afectar-la-salud.jpg

jueves, 10 de noviembre de 2016

Empezando el camino


Una de las acciones más difíciles de aprender es que debes seguir el camino, generalmente nos quedamos pegados al pasado y en especial cuando sentimos un alto grado de culpabilidad consideramos que debemos aferrarnos al pasado, no lo soltamos y lo vemos como una forma de castigarnos por los errores cometidos.

Mantenemos el frustrante sueño de que quizá, si las personas que lastimamos nos ven sufrir y que hemos cambiado, tomarán la decisión de volver a nosotros para mostrar que realmente estamos preparados y hemos aprendido, para mostrarles que los amamos, que los errores del pasado sólo fueron estupideces que hicimos en medio de una obnubílante idiotez.

Pero no importa las lágrimas que derramemos, no importan los pesares que vivamos, las depresiones en las que caigamos o lo suicidas que nos podamos sentir algunas veces, cuando la vida te dio una oportunidad y la dejaste pasar, ni reuniendo las esferas del dragón de “Namekusei” lograras que vuelva atrás.

Cuando las heridas que dejaste en los corazones son profundas, ten la certeza de que ni el tiempo las podrá cerrar. Es entonces donde debes aceptar que por delante tienes un camino… que lo que quedo atrás, por errores o aciertos, quedó atrás. Ya nada puedes hacer, ni siquiera teniendo la máquina del tiempo… ¿o no recuerdan el final de la máquina del tiempo de H. G. Wells?

Es entonces donde tienes que tomar la decisión de dejar de estar viviendo en el pasado, los errores y las heridas que hiciste ya no las puedes reparar, ya no hay como volver atrás, y por más que lo lamentes, el mundo sigue girando, los días siguen pasando y el tiempo no se detiene.

Así que solamente tienes un camino que tomar, seguir adelante empezar nuevamente la caminata, evaluar lo que hiciste y procurar cambiar para que esas heridas no las vuelvas a causar. Seguir el camino significa dejar en el pasado, lo que es del pasado, eso ya no lo vas a cambiar, trabajar en el presente, por lo que quieres lograr en el futuro.

Las oportunidades y personas que quedaron en el pasado ya no van a volver, esas ya quedaron atrás. Tienes que seguir caminando, procurar que los recuerdos no te hagan llorar y continuar. No hay otro camino, no hay otra forma de ser feliz, entender lo que tienes que mejorar, olvidar lo que debes dejar atrás y continuar.

¿Difícil? Es muy difícil, dejar sueños e ilusiones, amores y amistades,  simplemente levantar la cabeza, mirar al horizonte y decirte a ti mismo “Sigue adelante, te queda mucho por caminar” ¿Qué vendrá en el camino? Nadie lo sabe, quizá solamente sea un camino solitario.

O quizá te encuentres personas que compartan tu camino, o quizá encuentres una mejor forma de caminarlo, o quizá llegues a la meta antes de lo esperado… eso nadie lo sabe, lo importante es volver a emprender el camino, con la esperanza de que a pesar del pasado, este nuevo camino que estás construyendo traerá, al menos, un poco de tranquilidad y quizá, un poco de felicidad.

Pero sobre todo, no te quedes detenido pensando en lo que se quedó atrás, eso jamás volverá, y tú no puedes volver a él, así que duela lo que duela, sólo resta continuar.


Mira hacia delante y espera que cada día, cada milla, traiga paz a tu corazón.

lunes, 20 de junio de 2016

Es una pregunta retórica...


Hay etapas de nuestras vidas donde emocionalmente sentimos que estamos caminando por el más obscuro y tenebroso de los túneles, sentimos en nuestro corazón que hemos llegado al final, que quizá, por fin empezaremos a encontrar la salida. Quizá que ya estamos en la mitad y solo resta tener la esperanza de que empezaremos a salir.

Lo más lamentable es que a medida que nos adentramos en este túnel de problemas y desesperaciones vamos viendo como a medida que el camino avanza, las personas que alguna vez ofrecieron estar con nosotros en las buenas y en las malas, a cada paso, van buscando motivos para dar la media vuelta y dejarnos continuar nuestro comino de adversidades completamente solos.

Incluso, aquellos que se venden o presentan con corazones llenos de "caridad cristiana" muestra que lo único que realmente alimenta sus vidas es una auto-complacencia y soberbia nacida de "ser los únicos realmente dignos del paraíso" o como dice la dueña de mi corazón "Saben que cristo solo murió por ellos" y entonces todo el que no cumpla con sus "Canones" de comportamiento no es digno de ayuda.

Vemos el mundo inundado de estos jueces de la sociedad y su comportamiento, limitando la caridad y amor a quienes cumplan sus estandares; pero olvidando que aquel que inspira sus creencias era juzgado por los religiosos de su época, al vivir rodeado y ayudando a quienes no cumplían con los preceptos religiosos de la época... Pero bueno, esto es tema para otra disertación.

Es entonces cuando en medio del camino, de la soledad y de todas las dificultades, que sientes que ya no hay fuerzas, que falta muy poco para terminar siendo un guiñapo... y surge en nuestro corazón la más clásica de las preguntas "¿podrá ser peor?" y la vida al mejor estilo de un niño obediente te muestra que este túnel pude ponerse más obscuro y tenebroso, que la vida en realidad puede ponerse aún más difícil.

Y en medio de una sarcástica depresión nace en nuestros labios la frase "Querida vida, solo era una pregunta retorica, no era un reto" porque ya no tienes fuerzas nisiquiera para llorar. Ya has llorado, gritado, luchado... Ya no ves camino ni salida. Solo ves problemas y dificultades a tu alrededor. Hasta la luz del fondo del túnel llegas a pensar que solo es una pequeña telaraña colgada en la pared y que lo único que vas a encontrar si continuas avanzando son más y más problemas.

Solo quieres darte por vencido, no tienes fuerza ni para levantar el brazo contra ti o una extraña fuerza interior no te lo permite. Solo quieres tirarte al piso y dejar de luchar, que el fin llegue por si solo ya no vas a hacer nada... lo único que quieres es que termine...

Pero es justo en ese momento en el que debes decidir no perder la esperanza, es en ese momento donde debes preguntarte de que estas hecho, que es lo que la vida te quiere enseñar... Es el momento para recordar que los que han marcado el mundo pasaron por lo mismo y por más dificultades. Que rendirte no es el camino. Pueden ser muchas las batallas perdidas, pero mientras tengas vida, la guerra no se ha perdido.

Ese es el momento de levantarte, de respirar profundo, cerrar los ojos y decir "¿Eso es todo lo que tienes? lanza tu mejor trueno, puedo superarlo" porque al igual que el niño que hace matoneo en el colegio, la vida, se la pone difícil a los valientes, pero sabe que si se vuelve a levantar lo hará con más fuerza y valor, decide detener sus embates y acabar con la tormenta.

Levántate, lucha, mientras tengas vida no debe haber excusas para dejar de luchar, para dejar de intentarlo. Pero sobre todo, no hay razones para dejar de soñar y de luchar por tus sueños.

Puedes estar al fondo del túnel, en lo más obscuro y tenebroso, lleno de golpes, moretones y cortadas, pero que eso no te haga olvidar que también hubo buenos momentos y que como todo en la vida todos es pasajero... esto también pasará.

Cuando eres consciente que también has reído, que también has disfrutado, tienes la fuerza para volver a caminar y seguir superando todas las adversidades que la vida te presente... recuerda siempre que toda adversidad se puede superar, solo necesitas tiempo, esfuerzo y esperanza.

No dejes de luchar, no te des por vencido. Levántate, es tu decisión... de nadie más, tienes dos caminos seguir sufriendo o seguir luchando.


Fuente imagen: https://dc3-www-files-prod.s3.amazonaws.com/media/cache/e2/08/e20816cb8f9c90c143eb8f0435d61cc9.jpg

miércoles, 18 de mayo de 2016

Cómo me odio!


Hace unos días, por esas locuras que en ocasiones nos dan de ponernos cuidado en el "espejo" (En sentido figurado), caí en la cuenta de algo que generalmente nos ocurre muy seguido y es ver cuanto detestamos en los demás el defecto que más nos marca. Digo generalmente para no herir susceptibilidades por aquello de estar generalizando.

Sin embargo me di cuenta que cuando algo nos disgusta en los demás, muchas veces lo tenemos bien arraigado en nuestro compañero,  por ejemplo el otro día conocí a alguien y de una me cayo gordo por su petulancia y prepotencia, pero al cabo de unos minutos recordé como muchas personas en su momento me hicieron caer en la cuenta de cuanta veces mi comportamiento es exactamente igual.

Cuantas veces generamos discusiones en los demás porque detestamos tal o cual cosa, como ser incumplidos o demorados, imprudentes o porque nos sacan a relucir las invitaciones. Y muchas veces cuando lanzamos esos juicios no nos damos cuenta que nuestro comportamiento en circunstancias similares generalmente es igual o en ocasiones peor.

Algo así como que nos volvemos los más duros jueces de los otros, cuando comenten los mismos errores que nosotros regularmente cometemos, aún así, en nosotros son sólo muestras de carácter o respuesta al mal comportamiento de los demás. Eso sí, nunca vamos a dejar de criticarlo y no nos importa aquel dicho de los abuelos "El que tiene rabo de paja, que no se acerque a la candela" porque tarde que temprano esos juicios se volverán contra nosotros.

Es por eso, que sentándome a disertar sobre el asunto, me di cuenta que estos juicios de valor muy en el fondo es porque realmente hemos convivido tanto con esas actitudes que llegamos a detestarlas, no las hacemos evidentes directamente en nosotros, porque al igual que los malos olores, generalmente nos acostumbramos a los nuestros después de un tiempo, pero los de los demás los percibimos al instante.

A pesar de esto, muy en el fondo esas actitudes nos carcomen a nosotros mismos, no son agradables, pero el miedo a conocernos y confrontarnos no nos permite identificarlas. Pero en el fondo nos tenemos cierto odio y generalmente lo reflejamos en nuestras acciones auto destructivas, pero como todo, terminamos reflejándolo en otros y saliendo por la tangente.

En esos momentos debemos trabajar en disciplinarnos en dos cosas, tomar la decisión de no volver a juzgar a los demás, sin importar su comportamiento, sus costumbres o defectos (que nosotros vemos); al fin y al cabo, quienes somos para considerarnos mejores?... 

Segundo, empezar a mirarnos al espejo y trabajar por dejar atrás esos defectos que nos molestan tanto en los demás. Cuando nos demos cuenta, cuan difícil es cambiar nuestros hábitos auto-destructivos le tendremos más amor y paciencia a quienes nos topemos en el camino y entonces realmente les podremos ayudar.

Como diría aquel humilde carpintero de galilea: "No mires la paja en el ojo de tu hermano, fíjate en la viga que tienes en el tuyo"


Fuente Imagen: http://cancelesfinosorozco.com/wp-content/uploads/2015/09/Espejos-y-Lunas-2.jpg

viernes, 13 de mayo de 2016

¿Y el esfuerzo no cuenta ?


Hace algunos días cuando estaba entregando los resultados de la evaluación de unos trabajos a unos estudiantes, fue muy interesante ver la reacción de algunos de ellos, obviamente los felices y satisfechos por un lado (Y honestamente muy pocos), por el otro los tristes pero conformes, más allá los deprimidos y asustados; pero definitivamente los que me sorprendieron fueron los enojados.

Siendo honestos, no me considero el docente cuchilla, más bien me considero algo así como una madre de la caridad, incluso hubo un grupo de estudiantes que me bautizaron como "Flanders" en honor al personaje religioso de la reconocida serie animada. Sin embargo cuando dejo trabajos como ensayos, reseñas o consultas y análisis, en lugar de evaluaciones, tengo la costumbre de leerlos de principio a fin, de rayar y hacer observaciones. 

Siempre reviso que no sea copia textual de alguna de las paginas más visitadas por nuestros "académicos" del siglo XXI (Rincón del vago, monografías, wikipedia, entre otras). Y obviamente si su fuente de inspiración, no citada es alguna de ellas, generalmente la nota tiende a cero y no a cinco. En esos momentos, generalmente inicio con el discurso de la importancia de la excelencia, de hacer las cosas bien, de aprender a pensar y no simplemente "Copy and paste".

Sin embargo, me ha sorprendido en los últimos grupos el alto nivel de "excelencia" de algunos de mis estudiantes al punto de enojarse conmigo por mi extremada "mezquindad" a la hora de calificar sus "maravillosos" ejercicios intelectuales, es más, esta es la hora donde en dos ocasiones ya he escuchado esa hermosa frase "¿Y el esfuerzo no cuenta profe?" y como lo trine hace algunos días "El esfuerzo sin resultado, vale lo mismo que la sumatoria de todas las fuerzas que actual sobre un cuerpo en física" osea CERO.

Obviamente después de contener la risa y buscar la respuesta más decente posible, me sorprendió aún más la actitud, querer tener una nota alta simplemente por entregar un trabajo. Un nivel de pereza mental, en el cual el responsable es el docente. No están interesados en leer o pensar, ni siquiera en aprender. Pero a diferencia de los maquetas de mi generación,  los de hoy quieren notas excelentes frente a trabajos mediocres y en los cuales la única parte del cerebro que usuario fue la que dice (Ctrl C - Ctrl V).

Es muy triste ver el bajo nivel de los profesionales que van a inundar el mercado a la vuelta de unos tres años, gente que no piensa, no quiere aprender a pensar y sobre todo que no está interesada en adquirir disciplinas. Simplemente quieren que las cosas les lleguen. Sentir que son "Excelentes" sin trabajar, leer o pensar.

Aunque lo más triste no se queda en este nivel, lo más triste es ver docentes que han acostumbrado a estos jóvenes a obtener buenos resultados, sin esforzarse. Ver como la mediocridad de los profesionales del mañana es culpa y responsabilidad de quienes debimos formarlos hacia la excelencia, de quienes debimos procurar exigir y enseñar a pensar, no simplemente dedicarnos a estar frente a un tablero y cobrar un cheque sin el mayor nivel de calidad.

Porque el esfuerzo cuenta, pero cuando es el docente quien se esfuerza por formar profesionales de calidad y alto nivel competitivo.

Fuente imagen: http://s107.photobucket.com/user/warmgunner666/media/sloth.jpg.html