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miércoles, 17 de abril de 2019

Deje así




Corrían los primeros años de mi adultez, ya laboraba y tenía a mi primer heredero cuando surge una de las comedias que más a marcado nuestra bella cultura Colombia; o por lo menos la recreo al pie de la letra: la pelota de letras. Esa comedía que presentaba nuestra cultura y comportamientos como una radiografía, nos hacía reír y nos ponía a reflexionar frente a nuestras costumbres y actitudes.

Una de las cosas que más me llamó la atención fue una frase que era presentada por el comediante (Andrés López) como uno de los clásicos distintivos de las madres: “¡Deje así!”. Esta frase representaba uno de los “mantras” (según el comediante) con mayor poder sobre nosotros, nos cerraba, nos dejaba sin rumbo, perdidos en un gran vacío. Era muy cómico recordar cada vez que nuestra madre había usado esta frase y verlo representado en el espectáculo.

Pero lo más cómico, es como se ha vuelto nuestra regla de vida, como esta expresión ha marcado (en muchas ocasiones) nuestra forma de actuar y de vivir. Son muchas las veces que en lugar de hacer algo frente a nuestra infelicidad, frente a nuestra angustia o frente a nuestros problemas, simplemente nos cruzamos de brazos, bajamos la cabeza y “dejamos así”.

Cuantas veces en nuestra vida tomamos los rumbos equivocados, nos juntamos a personas, empresas o lugares que en lugar de aportarnos nos robaban energía, tranquilidad, felicidad o paz, y en lugar de hacer algo por cambiar esa situación y continuar creciendo y avanzando, preferimos, cual madre de antaño, bajar la cabeza y decirle a nuestro Andrés López interior “¡Deje así Andrés!

Simplemente nos acostumbramos a nuestra zona de confort, y es que aunque algunos no lo crean “maluco también es bueno”, en otras palabras, lo desagradable también se convierte en zona de confort. Es el lugar que conocemos, la empresa en la que he trabajado por años, la persona que conozco y pues que pereza tener que volver a empezar.

Y entonces simplemente dejamos de vivir, simplemente nos volvemos un ente que respira, camina y se amarga; pero que nunca hace nada para cambiar su realidad, solo se queja y aflige, pero es incapaz de tomar las riendas de su vida para hacer algo en pro de lograr su felicidad. Porque da más temor emprender el camino a lo desconocido que aguantarse su triste y lamentable realidad.

¡Pero No! No debemos dejar así, no vinimos a este mundo a aguantarnos la infelicidad, la injusticia, la tristeza, la amargura… vinimos a luchar, a vivir, a ser felices y sonreír ante el sol y las estrellas, vinimos a crecer y cambiar, a ser mejores cada día… no simplemente a acostumbrarnos a una zona de confort.

No señores (y señoras), estamos hechos para aprender, y aprender significa salir de la zona de confort, buscar, empezar de nuevo cuantas veces haya que hacerlo… Estamos en este mundo para ser felices y hacer felices a quienes nos rodean.

Por eso, si algo te hace infeliz, si algo te roba la tranquilidad, si algo te agota y te quita la paz, ¡Cámbialo! Crece, aprende, vive, inicia… renuncia a lo que no te ayuda crecer, deja atrás lo que no te aporta… pero jamás, jamás dejes así.


Fuente imagen: https://gananci.com/zona-de-confort/

domingo, 11 de febrero de 2018

¡Es mio!


Una de las características más humanas, que se evidencia desde el mismo momento en que empezamos a hablar, es la del sentido de propiedad sobre las cosas y las personas. Desde que empezamos a crecer, empezamos a expresar nuestra propiedad sobre las cosas y las personas que nos rodean. Todo nos pertenece, nuestros padres, nuestros hermanos, nuestros amigos. Son nuestros y de nadie más, por eso deben estar a nuestra disposición siempre… y ni que decir de los abuelos.

A medida que vamos creciendo ese sentimiento de dominación sobre los otros y sobre las cosas, generalmente se va acrecentando, nos volvemos los patronos, que patronos, los emperadores de los otros. Su tiempo, su energía, su disponibilidad es nuestra. Y esto se va reflejando poco a poco en nuestras relaciones de pareja, donde muchas veces en lugar de generar lazos de amor, generamos lazos de dependencia.

Y es en la interacción con la pareja donde más se ven reflejados estos comportamiento dominantes, no de sentido de pertenencia, sino de trato del otro como un objeto… y surgen expresiones como: “Tienes que dejar…”, “Ya es hora de que empieces…”, “Sino haces eso es como si no me quisieras…”, “si deseas estar conmigo tienes…”… Y otras muchas en el mismo sentido.

Y esas relaciones de amor y felicidad, se transforman en relaciones destructivas, donde la única forma de generar una buena convivencia es que el otro se “someta” a mis placeres y pensamientos, que el otro haga las cosas como yo quiero, porque “yo soy el único que sabe cómo vivir” y si él no lo hace está condenado a vivir infeliz.

Lo más triste de todo es que non nos damos cuenta cuan infelices nos vuelven estos comportamientos, cuan amargados nos estamos volviendo porque en todo ese actuar, nos olvidamos de lo más importante: Nadie puede controlar nada. El control es solo un mito que nos hemos vendido, no podemos controlar nuestra vida o nuestra salud o nuestras características… nada es controlable, nada nos pertenece realmente y los seres humanos no son objetos.

Parecen realidades evidentes, que todo el mundo sabe, pero pocas veces las interiorizamos, dejamos de vivir y ser felices, de disfrutar del mundo y las personas en el afán de controlarlo todo, de sentir que todo está bajo nuestro poder y que todos caminan hacia el… y la única realidad es que todo camina hacia todas partes, el mundo es una entera línea de caos que nunca sabes para donde va.

Al punto que los hábitos alimenticios y de ejercicio saludable, no nos garantizan una buena salud, el tener el control del nuestros hijos no nos garantiza que nunca se vayan a descarrilar, el que nuestra pareja se someta nuestras directrices, no nos garantiza su felicidad y la nuestra….

Entonces ¿qué? Lo más importante es aprender que nada nos pertenece, ni siquiera podemos controlar nuestra propia vida, no sabemos si mañana vamos a despertar o si nuestra salud va a mantener férrea, mucho menos vamos a tener dominación sobre el otro. Una vez dejemos atrás ese deseo de controlarlo todo y entendamos que el control no existe… aprender que en la vida vinimos a caminar y aprender.

Y en ese camino, en ese diario vivir vamos a compartir con muchas personas y que maravilloso es compartir el camino con alguien que tenga otra forma de ver la vida, que nos muestra su perspectiva de la cosas, que nos muestre como hay otras realidades diferentes a las mías y que eso en lugar de quitarme me aporta.

Que maravilloso es cuando aprendemos a aceptar al otro incondicionalmente y sabemos que es y será así siempre, y que es en esa diferencia donde realmente está la felicidad, porque son esas diferencias las que nos ayudan a crecer.

Así que mi recomendación es que, en lugar de andar buscando la dominación y el control de todo lo que nos rodea, en lugar de andar en la búsqueda insaciable de controlarlo y manejarlo todo a nuestro antojo, aprendamos a disfrutar de la vida de su descontrol, de su variedad, de todo el abanico de colores que nos presenta para ser felices…


Y sobre todo, que amemos a quienes están a nuestro alrededor sin la necesidad de sentirlos como nuestros o quererlos dominar, sino amar su libertad, su vida, su capacidad de volar.

Fuente imagen: https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjH0RAv9nkwP_vj2tsmOSSsUV_ma3wzAwgXhIbd_hpE2Lal0FifS6YOxbfDRp08eNc4hCLg7JbGbhuJt98-x6Rmf1IAwHxn2s621LMre_iQwol2_KbeSBdyqmt7vQiL5hWtlfoWj3DswPUp/s1600/pareja.jpg

martes, 24 de enero de 2017

Una carga imposible de llevar


Hace algunos años un libro de anécdotas, frases y experiencias se hizo muy famoso, su título “La culpa es de la vaca” era bastante interesante, aunque lo único relacionado con el título fue una anécdota que mostraba una característica muy colombiana, buscar echarle la culpa a otros de todo. Al final de la historia todo concluía que la culpa era de las vacas…

Lo interesante de esta sarcástica presentación, de esta costumbre tan marcada en nuestra idiosincrasia, era dejar en evidencia lo fácil que vamos dejando la culpa en los hombros de otros; sin embargo, culturalmente tenemos otra costumbre muy nuestra: ir cargando nuestras culpas por el resto de la vida, como grilletes que nos amarramos a los pies y de los cuales botamos la llave.

Obviamente es importante reconocer los errores, aceptar las culpas cuando nos corresponda y emprender el cambio, pero aferrarnos a la culpa, recordar constantemente los errores del pasado, es un elemento que va alimentando nuestra desesperanza, nuestra tristeza… nos va dejando en un estado de melancolía irremediable, que cada día nos frena el caminar, nos roba la energía y nos vuelve los peores jueces de nuestra vida.

Y si a este terrible juez, le sumamos las actitudes nocivas del algunos amigos y familiares, que cada que se les antoja la gana nos señalan, nos juzgan y se creen con derecho de medir con una balanza el acierto o desacierto de nuestras decisiones… el resultado evidente es un caldo de cultivo para una depresión crónica, donde hasta el mismo respirar se vuelve tedioso, ya solo sentimos un desdén “porque han sido tanto nuestros errores, que solo somos un costal de basura, deambulando por la vida”.

Y con cada paso que vamos dando, en la medida de lo que podemos, vamos llenando más el costal a nuestra espalda con más culpa, pensamos que incluso el abrir la boca y opinar, es otro error que sumar a la larga lista de los actos “delictivos” que vamos cargando a cuestas por el camino de la vida.

Para acabar de completar, en este proceso de auto-flagelación y castigo, donde todo lo que hacemos va encaminado a cobrarnos nuestros errores, lo justificamos con discursos filosóficos, poéticos y hasta estéticos “Es que debo aceptar y reconocer mis culpas para cambiarlas” … Y sí, efectivamente tenemos que reconocer y aceptar nuestras culpas para cambiarlas; pero eso no significa seguirlas cargando de por vida y flagelarme todos los días por los pecados cometidos.

Aceptar mis errores y mis culpas, no es considerar que soy un juez emitiendo una sentencia de cadena perpetua, para cargar con la pena y la culpa, aceptar es identificar cual fue mi error, saber que me equivoque, que tomé una mala decisión y que debo trabajar en no seguir el mismo camino… pero ir cargando la culpa no va a retroceder el tiempo.

Seguir cargando la culpa nunca me dejará vivir el presente y mucho menos lograr un futuro; pero esto no significa que me permita viajar al pasado y corregir los errores cometidos. Debemos aprender a perdonarnos, a seguir. Aceptar que, aunque no lo queramos, somos seres humanos y cometemos errores, es duro aceptar que no somos perfectos; pero no podemos vivir presos en nuestra culpa.

Lo importante es cambiar, evitar que los errores se repitan. Quizá haya habido perdidas valiosas por nuestros errores, pero cargar la culpa no los va a regresar; y sin embargo, nos cerrará la puerta para seguir avanzando. Pero no todo queda ahí, así como debemos perdonarnos y dejar de golpearnos, NO debemos permitir que personas nocivas nos “refrieguen” en la cara los errores y las culpas del pasado.

Las personas se creen con la capacidad de juzgar nuestro comportamiento y lo cierto es que como diría aquel carpintero de galilea “el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”…


Así que amigo lector, suelta ese costal lleno de culpa y sigue avanzando, no es echarle la culpa a otros, tampoco es cargar con ella de por vida. Es aceptar nuestros errores, perdonarnos y seguir avanzando… seguir creciendo hasta alcanzar lo que vinimos a buscar en este mundo ¡La felicidad!

Fuente imagen: https://soyespiritual.com/wp-content/uploads/2015/08/culpa.jpg

domingo, 15 de enero de 2017

Felizmente amargaado


Sé que en varias ocasiones he tocado este punto desde múltiples aspectos; pero la verdad es que, hasta el momento, no deja de sorprenderme la actitud de algunas personas. El día de ayer, cumpliendo con el plan de empezar fomentar el objetivo de Enredarte (una idea de que tengo con otra persona) de promover la felicidad, planeamos realizar una caminata por un parque de la ciudad entregando caritas felices e invitando a la gente a sonreír.

En esta primera jornada, obviamente, me esperaba la mala actitud de algunas personas; sin embargo, esperaba que al entregarles unas sonrisas en fomi los rostros cambiarían y en la mayoría de los casos este fue el resultado. La gente cambió, sonrió, se alegró y hasta se colgaron la carita feliz en alguna parte del cuerpo. Fue realmente muy gratificante, sin embargo hubo otras actitudes que me parecieron realmente sorprendentes, personas que no solo no sonrieron, sino que rechazaron las caritas, las cuales no tenían costo.

Esto me dejo altamente preocupado, ver la actitud de algunas personas amargadas y con la intención de no cambiar su postura, ni siquiera una pequeña sonrisa, nada, solamente una actitud prepotente donde expresan su constante amargura, como si esto fuera un mecanismo de protección frente a la vida.

Y entonces, vino a mi memoria diferentes espacios donde la gente supuestamente debería estar rebosante de felicidad, pero sus rostros solo denotan una constante amargura e infelicidad: un teatro, un cine, un concierto e incluso una fiesta. Van por cada espacio de la vida con un rostro lleno de infelicidad, de desazón, pareciendo anhelar que su vida estuviera sola llena de soledad, evitando cualquier contacto humano que los saque de su miserable existencia.

Pero al mismo tiempo, esperando que el mundo les responda con la misma actitud y cualquiera que vaya diferente, es tratado con el mayor de los desplantes y maltrato, buscando que se contagien con su inexplicable actitud.

Porque la verdad, quizá, si fuéramos por la vida buscando motivos para tener un rostro lleno de tristeza y amargura, seguramente motivos no nos faltarían: la economía, el desempleo, la inseguridad, el desamor, etc. Pero lo cierto es que con lo difícil que es la vida, para que darle más apoyo amargándonos el camino.

Cierto, la vida en ocasiones parece solo presentarnos espinas y abrojos, caminos llenos de dificultades, de problemas, de aflicciones; pero la realidad es que ir por este camino con un corazón lleno de tristeza y amargura solo nos va a hacer mucho más tedioso el camino, nos lo va a hacer más largo y aburrido… pero nunca nos va a acortar el camino.

En cambio, si empezamos a buscar los motivos para alegrarnos, nos daremos cuenta que arriba de las espinas, están las rosas, que los abrojos nos permiten caminar por un piso más firme y que las dificultades, nos llevan a superarnos cada día. En ese momento cada cosa que nos encontremos en el camino nos hará sonreír, nos dará esperanza; pero sobre todo, nos hará el camino mucho más llevadero.

Ir por la vida con una sonrisa, buscando las cosas buenas que nos trae cada día, nos llena de energía para seguir luchando, para ser felices… como diría aquella vieja canción “oye… abre tus ojos… mira hacia, disfrutas las cosas buenas que tiene la vida” la vida no depende del camino, depende de donde pongamos nuestra mirada.

Así que, en lugar de mirar atrás o mirar al suelo y buscar motivos para amargarnos el camino, es mejor mirar hacia arriba... hacia adelante y esbozar una sonrisa que nos haga mucho más llevadero el camino. En últimas, al igual que la felicidad, la amargura también es una decisión… la diferencia es en como ves tu vida.

No te dejes llevar por los afanes, no te dejes contagiar con la amargura… Decide ser feliz y disfruta de cada cosa que te presenta la vida.

Fuente imagen: http://doctoravillares.es/wp-content/uploads/2014/06/Depositphotos_26797555_s-e1404130948887.jpg