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martes, 23 de marzo de 2021

El anhelo más profundo

 


    Hace ya un buen tiempo que no me tomaba un espacio para escribir en mi blog, he estado absorto entre amores, desamores, trabajo y ocio, que no había dado lugar a la inspiración o quizá tan solo la estuve ignorando por algunos días, buscando encontrar en otros parajes la tranquilidad emocional, que tantas vences encontré al sentarme a escribir unas pocas líneas.

    Hoy nuevamente retomo este bello hábito de expresar lo que mis pensamientos y vivencias me enseñan, con el deseo de retomar, juiciosamente, esta inspiradora práctica. No se si como en otros escritos logre llegar a conclusiones que nos suban el ánimo, pero si se que solo voy a dejarme llevar por lo que la mente me motiva.

    En estos largos días de alejarme de las letras escritas por mi, me he dado a la tarea de buscar, en muchos lugares, lo que he llegado a considerar el anhelo más grande que toda persona puede tener. Bueno, parto de que es un pequeño análisis desde mi pensamiento y experiencias, lo cual espero no vaya a generarles ningún conflicto. Este anhelo pienso que es de la aceptación.

    Si nos remontamos a las historias bíblicas de los primeros hombres que deambularon sobre la tierra, podemos ver en sus historias que uno de los principales problemas por los que el hombre (o mujer) siempre ha cedido o dejado de lado las normas o la moral, se enfoca en el simple deseo de ser aceptado. Que el otro me reconozca y me de mi lugar, el lugar que yo mismo no creo merecer, a no ser que el otro así lo decida.

    Podemos pasar de Eva, que cedió ante la ilusión de ser tan grande y aceptada como Dios; a Adán, que por la aceptación de Eva decidió comer del fruto; a Cain, quien mató a Abel porque su ofrenda fue más ACEPTADA que la suya propia ante Dios… Y si seguimos pasando de historia en historia vamos viendo como siempre, siempre, hemos anhelado con fervor eso: ser aceptados.

    Si nos remontamos a la historia de esta dulce patria del sagrado corazón, toda nuestra independencia partió de un simple rechazo. Cuando un grupo de personas no se sintieron aceptadas por los colonizadores, no aguantaron más el rechazo y ante la negación de prestar un simple florero se desató una cruenta revolución.

    Todos los días, a veces sin darnos cuenta, todo lo que vamos haciendo por el camino está constantemente soportado en la búsqueda de que los otros nos acepten, nos consideren sus iguales, nos reconozcan y nos concedan nuestro lugar. Obvio, no vamos a decir que es malo o que está mal buscar que respeten como mínimo nuestros derechos o nos den el valor como ser humanos.

    Pero a veces esta búsqueda de la aceptación se vuelve tan obsesiva e imperceptible que al final del día, al regresar a casa, todo lo que hemos hecho o dejado de hacer por la búsqueda de esa aceptación, nos transforma en personas que muy seguramente no podríamos reconocernos frente al espejo.

    Lo más triste del asunto es que llegamos a perdernos, estamos tan afanados por la aceptación de los otros que buscamos vestirnos a su gusto, oler como les gusta, hablar como lo hacen, caminar como caminan y hasta pensar como lo hacen, porque entonces podremos, aunque sea mimetizadamente, ser parte de quienes esperamos hacer parte y nos olvidamos de quienes somos y que queremos.

    En otras ocasiones, hemos caminado tantos años haciendo las cosas para ser aceptados por los demás, que ya ni siquiera recordamos quienes somos realmente. Ya solo traemos a cuestas las múltiples personalidades que hemos ido recogiendo en el camino en la búsqueda de que los otros nos reconozcan, nos miren y nos hagan sentir como parte de ellos.

    Cierto, somos un animal que fue diseñado para vivir en comunidad, para hacer parte de una manada y de un grupo, pero lo primero que tenemos que lograr, antes de exigir la aceptación de los demás, es ver si estamos nosotros dispuestos a aceptarnos a nosotros mismos. Porque estoy seguro que nadie quiere aceptar a un camaleón como parte de su grupo, nadie quiere tener a su lado alguien cambiante y sin forma, sin carácter.

    Nos hemos acostumbrado tanto a buscar la aceptación de los demás, sea por la fuerza (como algunos grupos en la sociedad) o por la imitación (como tantos seres humanos) que no nos damos cuenta de que la primera aceptación que tenemos que buscar es la nuestra. Reconocernos, saber que realmente es lo que somos, que realmente es lo que necesitamos para crecer, para evolucionar y avanzar que es nuestro objetivo final. Para vivir la tan anhelada felicidad.

    Claro que eso no es un trabajo fácil, primero hay que saber quienes somos realmente, que de ese ser que tenemos frente al espejo es realmente nuestro, porque en muchas ocasiones lo que tenemos es un Frankestein compuesto de muchos pedazos de diferentes personas… y entonces hay que empezar a desprender todo lo que no es nuestro.

    Obvio, no es fácil. Pero ¿cómo podemos esperar que alguien nos acepte, si nosotros mismos no somos capaces de aceptarnos? ¿cómo esperar que alguien quiera estar con nosotros si muchas veces nosotros no queremos estar con nosotros mismos? Sólo hay un camino, empezar por hacerlo nosotros.

    Yo, a mis cuarenta años, he decido empezar ese camino, quitar de mi todo lo que no es realmente mio, todo lo que recogí en el camino y empezar a buscar quien realmente es esa persona que, obvio, es construcción de mi interacción con los demás, pero quitar todo lo que simplemente fue copia en búsqueda de aceptación.

    Por eso, esta bien buscar la aceptación, pero procura que la primera que busques sea la tuya propia. 


jueves, 13 de junio de 2019

Te vas a arrepentir




Alguna vez hablando con mi anciano padre me contó una anécdota (no se que tan documentada) del dialogo entre Sócrates y uno de sus discípulos sobre una trascendental decisión que debía tomar en su vida: casarse o no casarse. Y entonces el gran filósofo solo tuvo a bien contestarle: “si te casas te vas a arrepentir, pero si no te casas, también te vas a arrepentir”.

Siempre me dejó un sin sabor recordar esa historia, como es posible que sin importar el camino habría algo de que arrepentirse, y entonces que pasa con los finales felices, con las decisiones “obvias” esas que sine qua non te conducirán a ese estado fundamental de felicidad, esas decisiones que tomas completamente seguro de que no habrá nada, absolutamente nada de lo cual arrepentirse.

Pero a medida que la vida me ha llevado por diferentes caminos me he dado cuenta que sin importar lo bueno, lo malo, lo perjudicial o benéfica que pueda parecer una decisión en la vida, ese camino que decidiste dejar atrás siempre traerá consigo un “¿Y si yo hubiera?” y entonces vienen los lamentables arrepentimientos.

Desde decisiones elementales como que comer, que vestir, por donde irse, a donde ir, donde trabajar, etcétera… siempre el camino abandonado, la ruta no seleccionada nos generará en el fondo un sentimiento de tristeza y desolación. Pero entones ¿cuál es el camino?

Algunos deciden llevar la vida sin tomar decisiones, solo dejarse llevar como hojas al viento y consideran que lo que pase será fruto del “karma” de vidas pasadas y por tanto no hay mucho sobre lo cual decidir, no hay muchas rutas que seleccionar o decisiones sobre las cuales responsabilizarse.

Otros prefieren volverse grilletes de sus propias decisiones, yendo por la vida sin cambiar de decisión sosteniéndose cual muro de concreto sobre las decisiones tomadas y manteniendo los embates de la vida en su decisión a pesar de los sufrimientos y agonías que estas les puedan generar. Consideran que al tomar una decisión no hay otro camino no hay otra vía y se deben “mantener firmes”, convirtiéndose en mártires de sus acciones.

Pero ninguno de estos caminos conduce realmente a una paz, la vida no se puede vivir al viento, sin responsabilidad sobre mis actos o sobre lo que pasa en mi vida, todo lo que pasa en mi vida es consecuencia de una decisión que tomé o dejé de tomar, y eso es lo primero que debo tener en la mente.
Lo segundo, evaluar cual es el daño que puedo causar terceros con mis decisiones, porque no podemos ir por la vida dejando huellas de dolor en los corazones de otros cada que tomamos una decisión, pensando egoístamente solo en nuestra necesidad… como si fuéramos Mr. Hide, liberando siempre nuestra pasión y deseos sin ninguna medida más que nuestro propio disfrute.

Lo tercero, evaluar que tanto aporta cada decisión en para el logro del fin último de cada ser humano, ser feliz y vivir en paz. Teniendo claro, como en el derecho, que mi bienestar y mi felicidad no puede estar cimentada en el dolor o la amargura de otros. Lo difícil de esta parte es tener la claridad real de que es lo que realmente me hace feliz, de que es lo que realmente quiero, sueño y aspiro.

Lo cuarto, que no somos un árbol plantado que una vez tomada una decisión no hay otro camino, no hay retorno, ni posibilidad de cambio. Como seres humanos, lo más bello que tenemos es la posibilidad de cambiar. Y no solo la posibilidad, tenemos la necesidad de crecer, de cambiar, de seguir, de evolucionar. No importa cuanto tiempo haya pasado, siempre habrá la oportunidad de cambiar una decisión. Obvio se debe tener presente que toda decisión tiene una consecuencia y quizá cuando quiera cambiar ya no tenga los mismos caminos, pero ponerme yo mismo el grillete.

Y quinto, aunque algunas decisiones nos generan algún sentimiento de desolación o tristeza, no todo es para siempre. A veces los caminos más difíciles y desolados son los que nos conducen a los mejores paraísos, el secreto esta en tener la absoluta certeza de cuales fueron los motivos para tomar una u otra elección.

Por lo menos así lo veo yo.

domingo, 21 de abril de 2019

¡Es una trampa!



Desde que empezamos a tener algo de conciencia deseamos fervientemente crecer, ser adultos y tomar las riendas de nuestra vida, creemos que con la adultez vienen cosas maravillosas, que será increíble cuando alcancemos esa etapa. Lo más bello es que desde que cruzamos la línea de la mayoría de edad nos toparemos en todo el camino con personas que siempre nos dirán “qué esperas para madurar, ya no eres un niño” y ahí vamos por la vida tratando de llegar a esa consabida y deseada adultez madura.

Sin embargo, aprovechando un poco que hoy estamos en Domingo de Pascua, quiero recordar las palabras de aquel carpintero de Galilea cuando un grupo de niños se acercó él y sus discípulos trataron de distanciarlos “dejad que los niños vengan a mí […] porque el reino de los cielos es de quienes son como ellos”. No voy a entrar en conjeturas religiosas o discusiones bizantinas. Para partir diferencias voy a considerar el reino de lo cielos parte desde este plano de la realidad, sin entrar a hablar de lo que pasa después de la muerte.

Y partiendo de esa premisa, que el reino de los cielos (entiéndase paraíso) es de quienes son como niños, es importante definir cómo son los niños y cuál es la diferencia con los adultos. Quizás muchos no compartan las siguientes líneas de mi disertación, pero así lo veo yo.

En primer lugar, los niños no guardan rencor, aprenden a perdonar a otros y a ellos mismos con la facilidad de un abrir y cerrar de ojos. Los niños saben que lo importante es reír, jugar, disfrutar y que el tiempo es oro y no se debe perder en pleitos y rencores. Saben que ese que hace cinco minutos me pegó, ahora es mi compañero y vamos a ganar…

Los niños dan sin medida, porque cuando dan, viene del corazón. Los niños no dan por presión social o por quedar bien con otros, cuando deciden ayudar lo hacen porque su corazón se los dictó y no están pendientes de retribución o premio, solo de la mera satisfacción de haberlo hecho. Del mismo modo, ellos no están pendientes de la opinión de los otros frente a sus actos, cantan, ríen, juegan, saltan, se ensucian y nunca están pendiente de lo que otros puedan pensar, decir u opinar frente a lo que ellos están haciendo. Hacen todo lo que los llena, les genera felicidad y los transforma y eleva a ser felices.

Para un niño lo material no es realmente importante, eso lo han aprendido de nosotros, para ellos es tan divertida una caja de cartón que se puede convertir en una casa o un castillo, como la última Play Statión o el Xbox de última generación, aunque para ellos es más versátil la caja. Ellos no miden a las personas por lo que les pueden dar, sino por lo que pueden compartir, para ellos es más valioso el tiempo dedicado que el dinero otorgado.

Los niños JAMÁS se adaptan a una zona de confort, ellos necesitan cambiar, aprender, evolucionar, seguir… ellos jamás están conformes con lo que no los haga sentir bien, eso los entristece, los desalienta y aburre. Y con base en esto miden todo lo que hacen y deciden en sus vidas, su nivel de medida para todo es que tanta sonrisa me genera, que tanta felicidad me causa, que tan bien me hace sentir.

En cambio, los adultos; no sabemos perdonar, siempre estamos trayendo a colación las heridas del ayer, los dolores del pasado, las penas y amarguras. Nos quedamos atascados en lo que nos hicieron o lo que nos hicimos nosotros mismos “porque es parte de mi y no lo puedo dejar atrás”.  Por otro lado, rara vez los adultos damos sin medida, generalmente damos esperando recibir algo en retribución, y no hablo solo de dinero. Esperamos recibir atención, cariño, prelación. Esperamos que nos devuelvan lo que damos porque damos para recibir, no por el placer de hacerlo.

Y en cuanto a la opinión, nuestra carta de navegación y decisiones es, sin lugar a duda, las opiniones de los demás: no saltamos, no reímos, no cantamos a todo pulmón porque los otros que podrán estar pensando de nosotros, qué nos van a decir, cómo nos van a mirar. Mantenemos un vínculo constante de aceptación y dependencia de los demás, no somos por nosotros mismos, sino por lo que los otros piensan y ven en nosotros. Somos unos adictos absolutos a los demás y no somos capaces de vivir sin esa droga.

Y para acabar de completar, lo material para los adultos se convierte en su indicador más importante de éxito, al mejor estilo de la canción “cuanto tienes, cuanto vales”. La vida se convierte en una lista de chequeo donde debe estar “la casa, el carro y la beca”, pero poco la felicidad, la experiencia, el camino, las sonrisas y alegrías. Más aún, es tal nuestro afán de tener y poseer tanto bienes, como personas, que nos olvidamos de que estamos aquí para alcanzar “el paraíso” (la felicidad) y nos quedamos pegados en lugares infelices y amargados, con tal de no perder lo que hemos conseguido, porque es más importante tener que ser.

Por eso mis amigos, yo creo que crecer es una trampa, es un camino a la tristeza, a la infelicidad, a la amargura. A un camino lleno de listas de chequeo de cosas que debo tener y hacer; pero no a vivir sin listas, sin miedos, sin tristezas… Yo lo creo y te lo digo, crecer es un engaño que busca que nos olvidemos de lo más importante… ¡Vivir!


martes, 29 de enero de 2019

Viejos los cerros


Mi padre suele decir “viejos los cerros y reverdecen” cada que alguien quería insinuar que por su edad no estaba en capacidad de hacer o lograr algo. Dejando claro que la edad no es el límite para hacer las cosas, ni la excusa para no lograr los sueños o las metas. Esta graciosa comparación siempre me ha dejado divagando sobre reverdecer.

Son muchas las ocasiones, cuando se aproxima nuestra fecha de cumpleaños, esa conmemoración del primer día que abrimos nuestros ojos en este plano… que empezamos a sentirnos viejos, agotados e incapaces, en especial cuando las velitas en el pastel superan las 30.

Por alguna extraña situación cuando las vamos alcanzando la 4 década de vida, y en adelante, las personas tienen la tendencia a sentirse acabadas y desmotivadas, especialmente cuando siente que las metas autoimpuestas, a partir de los resultados de otros, no han sido alcanzadas o incluso estamos muy lejos de alcanzarlas.

Y es que de una extraña manera, toda la vida vivimos buscando expresar nuestra individualidad, nuestra diferencia con los demás, el hecho de que somos únicos y diferentes. Pero a la hora de evaluar nuestros resultados, de revisar las metas y sueños alcanzados, nos comparamos con otros, pensando que tenemos que hacer y alcanzar las metas al ritmo o capacidad de otro, y sino es así, nos sentimos incapaces, inútiles y fracasados.

Y si a esto le sumamos la edad, el nivel de frustración se eleva exponencialmente… olvidando que muchos de los que marcaron la historia, que muchos de los que han dejado huellas positivas en el mundo lo hicieron en un estado avanzado de edad; sin embargo jamás pensaron la vejez fuera una limitante… que la adultez fuera sinónimo de incapacidad.

Todo lo contrario, la edad era entendida como experiencia, los años como conocimiento y tiempo vivido, como un cumulo de herramientas que favorecerían la posibilidad de alcanzar los sueños y las metas impuesta. Reverdecieron, no se dieron por vencidos, no se sintieron fracasados y dieron un paso atras. Avanzaron, lucharon, se levantaron ante cada caída y buscaron una nueva forma para alcanzar sus sueños.


Así que no fue la edad la que los detuvo, esta fue una oportunidad de volver a nacer, fue una oportunidad de alcanzar nuevamente sus metas y seguir evolucionando como ser humano. Así que los años, sean 40, 50 o 60 no son el límite para alcanzar tu sueños o lograr tus metas, lo único que te puede detener es tu forma de ver el mundo, es tu capacidad de luchar, de levantarte; pero sobre todo, tu capacidad para ver todo el maravilloso ser que eres y que está en construcción.

sábado, 23 de junio de 2018

No hay peor ciego



Los abuelos acostumbraban a decir “No hay peor ciego, que el que no quiere ver” haciendo referencia a ese sin número de personas que acostumbran a enceguecerse, no ver las evidencias, simplemente creer o seguir sus pensamientos o ideas, pasando incluso por encima de los demás. Dicho de otra forma, una partida de fanáticos extremistas, convencidos que la verdad ABSOLUTA está en ellos.

Estas pasada elecciones han dejado más que en evidencia esos comportamientos fanáticos según los cuales no pueden existir puntos medios. Es una lucha donde se ha vuelto a las posturas maniqueístas donde solo hay dos caminos: malos o buenos. Y cada lado toma acciones ofensivas, insultantes, intimidatorias y discriminatorias que estigmatizan y descalifican a todos los que piensen diferente.

Lo más interesante de este entorno lleno de personas vendadas que buscan arrastrarte hasta sus posturas, es que entre más relacionado esté el discurso de “paz y reconciliación” más agresivo, insultante y descalificador va a ser el trato de la persona hacia la otra. Eso sí, para fortalecer y dejar aún más firme su postura, todo dialogo o discusión lo va a cerrar con “mejor no hablemos de política”

Es como ver un grupo de hinchas enceguecidos o religiosos que han encontrado el camino de la VERDAD y nada, absolutamente nada, diferente de su realidad y de su forma de ver el mundo es bueno o puede tener algo de razón. Se vuelve un discurso de odios y extremos donde si estas en la orilla opuesta es por ODIAS AL OTRO o por el contrario porque solo eres un ignorante extremo.

Sus líderes, en la mayoría de los casos incrementan el incendio de estas posturas fomentando, aún más, la estigmatización del otro. Su palabras y mensajes siempre van en la vía de difamar y descalificar al otro. Haciendo ver que quienes estén en ese camino solo quieren lo malo, lo perverso y sus seguidores lo creen completico.

Que importante es en ocasiones quitarse la venda de los ojos y poder asimilar que el otro, a pesar de las diferencias, tiene una historia, un camino y una forma de ver el mundo. Que los odios fundamentados en la polarización solo logran consumir la sociedad, destruirnos y llenar de veneno nuestra vida y nuestro corazón.

Pero el primer paso, es aprender que en el mundo y en la realidad en la que vivimos no hay “ángeles y demonios” hay seres humanos con aciertos y errores. Que los seres perversos, malos y con comportamientos patológicamente destructivos, están en los psiquiátricos y en las noveles literarias, quizá en el cine. Pero en la vida cotidiana estamos personas con deseo de crecer y no de dañar.

Cuando nos damos la oportunidad de escuchar al otro y ver su historia, su vida, sus deseos y sus convicciones, me daré cuenta que son más las cosas que nos unen que las que nos separan. Cuando aceptamos al otro podemos ver que sus ideas no son tan diferentes de las otras.

El segundo a empezar a vivir en la búsqueda de los hechos y lo demostrable, evolucionar un poco de ese campo de las creencias por “fe” y empezar a creer por lo que se puede demostrar y comprobar. Bajarse de las “teorías” conspiracionistas que nos llenan la mente de fantasías y odios, pero que al final de cuentas nos conduce, como una religión, a creer en algo que no existe.

Cuando te alejas de las concepciones que no se pueden demostrar, te estás acercando a la racionalidad y a aceptar la realidad de la persona que tienen en frente. En ese momento los tonos empezarán a cambiar, ya no solo serán buenos y malos, blancos y negros; sino que los tonos grises empezarán a aparecer frente a tus ojos.

Por último, pero no menos importante, tomar una elección entre ser feliz y tener la razón. Muchas veces estamos ansiosos por tener la razón, por conquistar el conocimiento, la mente y el corazón del otro. Pero a veces esa búsqueda nos lleva a distanciarnos de personas maravillosas, que a pesar de sus “creencias” y convicciones, son especiales en nuestras vidas.

En ese momento, cuando eliges entre ser feliz o tener la razón, te das cuenta de que por encima de esas creencias y esa búsqueda de la superioridad, nada es más importante que ser feliz.

Por eso, mis queridos amigos, los invito de todo corazón a que nos quitemos las vendas y dejemos de ser esos ciegos encolerizados, para ser seres humanos felices, conciliadores y amorosos.


Fuente imagen: https://www.guioteca.com/psicologia-y-tendencias/fanatismo-como-reconocer-a-un-fanatico-que-puede-volverse-peligroso/

domingo, 11 de febrero de 2018

¡Es mio!


Una de las características más humanas, que se evidencia desde el mismo momento en que empezamos a hablar, es la del sentido de propiedad sobre las cosas y las personas. Desde que empezamos a crecer, empezamos a expresar nuestra propiedad sobre las cosas y las personas que nos rodean. Todo nos pertenece, nuestros padres, nuestros hermanos, nuestros amigos. Son nuestros y de nadie más, por eso deben estar a nuestra disposición siempre… y ni que decir de los abuelos.

A medida que vamos creciendo ese sentimiento de dominación sobre los otros y sobre las cosas, generalmente se va acrecentando, nos volvemos los patronos, que patronos, los emperadores de los otros. Su tiempo, su energía, su disponibilidad es nuestra. Y esto se va reflejando poco a poco en nuestras relaciones de pareja, donde muchas veces en lugar de generar lazos de amor, generamos lazos de dependencia.

Y es en la interacción con la pareja donde más se ven reflejados estos comportamiento dominantes, no de sentido de pertenencia, sino de trato del otro como un objeto… y surgen expresiones como: “Tienes que dejar…”, “Ya es hora de que empieces…”, “Sino haces eso es como si no me quisieras…”, “si deseas estar conmigo tienes…”… Y otras muchas en el mismo sentido.

Y esas relaciones de amor y felicidad, se transforman en relaciones destructivas, donde la única forma de generar una buena convivencia es que el otro se “someta” a mis placeres y pensamientos, que el otro haga las cosas como yo quiero, porque “yo soy el único que sabe cómo vivir” y si él no lo hace está condenado a vivir infeliz.

Lo más triste de todo es que non nos damos cuenta cuan infelices nos vuelven estos comportamientos, cuan amargados nos estamos volviendo porque en todo ese actuar, nos olvidamos de lo más importante: Nadie puede controlar nada. El control es solo un mito que nos hemos vendido, no podemos controlar nuestra vida o nuestra salud o nuestras características… nada es controlable, nada nos pertenece realmente y los seres humanos no son objetos.

Parecen realidades evidentes, que todo el mundo sabe, pero pocas veces las interiorizamos, dejamos de vivir y ser felices, de disfrutar del mundo y las personas en el afán de controlarlo todo, de sentir que todo está bajo nuestro poder y que todos caminan hacia el… y la única realidad es que todo camina hacia todas partes, el mundo es una entera línea de caos que nunca sabes para donde va.

Al punto que los hábitos alimenticios y de ejercicio saludable, no nos garantizan una buena salud, el tener el control del nuestros hijos no nos garantiza que nunca se vayan a descarrilar, el que nuestra pareja se someta nuestras directrices, no nos garantiza su felicidad y la nuestra….

Entonces ¿qué? Lo más importante es aprender que nada nos pertenece, ni siquiera podemos controlar nuestra propia vida, no sabemos si mañana vamos a despertar o si nuestra salud va a mantener férrea, mucho menos vamos a tener dominación sobre el otro. Una vez dejemos atrás ese deseo de controlarlo todo y entendamos que el control no existe… aprender que en la vida vinimos a caminar y aprender.

Y en ese camino, en ese diario vivir vamos a compartir con muchas personas y que maravilloso es compartir el camino con alguien que tenga otra forma de ver la vida, que nos muestra su perspectiva de la cosas, que nos muestre como hay otras realidades diferentes a las mías y que eso en lugar de quitarme me aporta.

Que maravilloso es cuando aprendemos a aceptar al otro incondicionalmente y sabemos que es y será así siempre, y que es en esa diferencia donde realmente está la felicidad, porque son esas diferencias las que nos ayudan a crecer.

Así que mi recomendación es que, en lugar de andar buscando la dominación y el control de todo lo que nos rodea, en lugar de andar en la búsqueda insaciable de controlarlo y manejarlo todo a nuestro antojo, aprendamos a disfrutar de la vida de su descontrol, de su variedad, de todo el abanico de colores que nos presenta para ser felices…


Y sobre todo, que amemos a quienes están a nuestro alrededor sin la necesidad de sentirlos como nuestros o quererlos dominar, sino amar su libertad, su vida, su capacidad de volar.

Fuente imagen: https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjH0RAv9nkwP_vj2tsmOSSsUV_ma3wzAwgXhIbd_hpE2Lal0FifS6YOxbfDRp08eNc4hCLg7JbGbhuJt98-x6Rmf1IAwHxn2s621LMre_iQwol2_KbeSBdyqmt7vQiL5hWtlfoWj3DswPUp/s1600/pareja.jpg