jueves, 17 de septiembre de 2026

Un cumulo de amargos desconsuelos

 


    Cuántas veces en la vida vamos caminando como el poeta expresa: con el corazón lleno de amargos desconsuelos. Con una tonelada de fallas a cuestas, pensando que solo nos dedicamos a cometer errores, que nunca le hemos atinado a nada. Cuántas veces vamos con el corazón lleno de lamentos, pensando que en nuestra vida solo ha habido derrotas, sin victorias, sin aciertos, sin motivos para reír.

    Cuántas veces sentimos desfallecer el alma cargada con el peso de nuestras equivocaciones; sintiendo que toda nuestra vida ha perdido sentido, incluso que por aquello que hemos sacrificado hasta nuestra honra, no rinde el fruto de toda la entrega. En lugar de lograr algo, parece que todo es un retroceso; en lugar de avanzar y superar, el túnel se hace cada vez más oscuro, desesperante y asfixiante, y solo sentimos otra equivocación más.

    Quizá todavía no lo hayas vivido, pero a veces vamos por la vida acumulando las culpas de las fallas cometidas; los aciertos parecen ser cada vez menos y sentimos, al llegar a un punto de la existencia, que tantos errores ya no tienen salida. Que incluso vinimos al mundo a enseñarle a otros lo que no se debe hacer para vivir (bueno, al menos servimos de mal ejemplo).

    Lo interesante del asunto —y a esto solo llegué después de mucho caminar— es que eso es la vida: caer, limpiarse las heridas, aprender, levantarse y seguir. Volver a caer, volver a limpiarse, aprender y continuar. Eso aplica en todos los ámbitos, en todas las áreas. Porque solo se aprende de los desaciertos, porque solo cuando nos equivocamos crecemos; es la capacidad de equivocarnos lo que nos hace evolucionar.

    El problema realmente se llama humildad, porque nuestro ego nos dice que no tenemos derecho a fallar, que debemos ser «perfectos». El ego y la soberbia son los que empiezan a llevar a cuestas la suma de todos los fracasos, pero la humildad nos recuerda que somos humanos, y que eso significa, precisamente, ser humanos: equivocarnos, aprender y volver a intentarlo.

    En toda la historia de la humanidad, quienes han dejado huella, quienes han logrado las verdaderas transformaciones y los mejores avances, fueron aquellos que aprendieron a ver en sus errores no un cúmulo de culpas y vergüenzas, sino una escuela, una enseñanza, una oportunidad para encontrar un área por mejorar. Cierto: siempre es más fácil quedarte tirado en el piso lamiéndote las heridas y dándote látigo, que levantarte, limpiarte y preguntar: «Bueno, ¿qué tengo que aprender para poder continuar?».

    Eso es la vida, eso es la humanidad: equivocarnos y volver a empezar, cuantas veces toque, cuantas veces sea necesario. Levantarte, limpiarte, aprender y seguir caminando (Keep walking! —no es comercial). Lo único exigente es que requiere humildad: la humildad de saber que no eres ni mejor ni peor que otros; la humildad para comprender que tú también tienes que equivocarte para avanzar.

    Eso es lo más difícil: renunciar a tu ego, a tu soberbia y empezar a aprender para no repetir. Yo llevo cientos de toneladas de culpas por mis fracasos y errores, pero ya estoy aprendiendo a soltar para levantarme y continuar el camino. Levántate, hazlo conmigo y verás lo rápido que se avanza cuando sueltas tus culpas.

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