sábado, 5 de septiembre de 2026

Terremoto!

    La vida transcurre generalmente en una apatía constante; caminamos por ella como si nada fuera a cambiar nunca. Lo hacemos con la certeza de que, más allá de nuestras decisiones, no habrá sobresaltos ni giros significativos que alteren el status quo. Creemos que todo está dado por sentado y que el mundo mantendrá nuestra rutina impávida ante lo que sucede alrededor.

    Todo hasta que, de repente, un fenómeno natural lo transforma todo. Aquello que parecía cierto e invariable cambia en el transcurso de un solo minuto. Un simple movimiento de tierra basta para que lo considerado estable y estático se transforme por completo.

    Aquel entorno de comodidad y certezas se convierte en un escenario lleno de incertidumbres, dudas y aflicciones que no sabemos cómo enfrentar. De pronto, la vida da un vuelco drástico y no precisamente para bien. Lo seguro desaparece, dejándonos flotando en medio de un océano de adversidades.

    Nuestra existencia cambia: ya no sabemos qué paso dar ni qué ocurrirá con nuestro entorno. Ya nada es seguro; el miedo se apodera de todo y la vida parece perder sentido, pues los lugares y las personas que eran nuestra ancla, nuestro punto de partida y descanso, nuestro refugio seguro, han desaparecido. ¿Y ahora?

    ¡Ahora es el momento! Es el momento de mostrar de qué estamos hechos, qué nos motiva de verdad y de qué somos capaces; de dejar de lado la soberbia y el ego para tener la humildad de reiniciar desde cero y reconstruir nuestro mundo. Es la oportunidad que nos da la vida para tener una hoja en blanco y escribir un mejor futuro.

    Se trata de una oportunidad para aprender de los errores, cambiar, avanzar y dejar de dar todo por sentado. Es la oportunidad que Dios nos brinda para crecer, reconocernos y descubrir nuestro verdadero potencial. Es el momento de empujar esa vaca que nos mantuvo anquilosados durante años y empezar a enfrentar el invierno con la fuerza del corazón.

    No es un final, es un nuevo comienzo. Una invitación a encarar la adversidad con la certeza interior de que poseemos la fuerza para superarla y que nada nos puede detener, siempre que mantengamos la humildad para seguir luchando, aprendiendo y, sobre todo, confiando en que Dios estará siempre con nosotros.

    No es fácil; yo lo perdí todo en este terremoto, pero sé que lo que viene será aún más grande que lo que dejé atrás. Tú también lo puedes lograr. No te quedes en el dolor ni en la pena: pon la mirada al frente, levántate y sigue, porque el camino siempre nos mostrará la ruta que más nos conviene.

viernes, 4 de septiembre de 2026

Con más pena que gloria

 


    Estando a tan solo un lustro de alcanzar el medio siglo, y después de haber vivido infinidad de experiencias por mi mala costumbre de dejarme llevar por la curiosidad, el placer y el miedo a vivir —caminando por cualquier lugar sin temor a las consecuencias—, dejé atrás una extraña infancia retraída y puritana.

    Luego de una juventud y una adultez en constante búsqueda de aceptación, y al mejor estilo de Ricardo Arjona, saltando de cama en cama sin hallar mi lugar, llegué a un punto donde casi todos, de una u otra forma, pareció que solo expresaban decepción por mis resultados alcanzados. El balance: una cuenta bancaria en rojo, múltiples dependencias emocionales y una soledad provocada por mí mismo.

    Fue en ese momento tan extraño de mi vida cuando conocí a la persona más maravillosa del mundo: fuerte, inteligente, bonita, tierna, sensual, brava, humilde, sin rencores ni culpas. Tenía poca autoestima, pero en todo lo demás era un ser humano perfecto; por lo menos, a través de mis ojos.

    Lo triste del asunto es que llegué a ella en una de las etapas más oscuras y lamentables de mi existencia, donde, con más pena que gloria, me encontraba nuevamente en la búsqueda de aceptación, de amor, de compañía y, cómo negarlo, de un placer íntimo diferente. Mucho antes de conocerla, yo ya había renunciado a todo, incluso al deseo de alargar mis pasos en este plano de la realidad, transitando un camino de abrojos y espinas que muy seguramente yo mismo había sembrado.

    Pero la llegada de este regalo de la vida, este don maravilloso enviado por Dios, me ha devuelto el deseo de vivir y de luchar (algo totalmente nuevo para mí). Me enseñó a enfrentar los dolores del camino, con la única motivación de brindarle a ella la paz y la tranquilidad que me entrega en cada abrazo y en cada beso.

    Por primera vez me di cuenta de que ese amor de los libros —aquel que relata la fantasía de enamorarse hasta las trancas— sí era posible. Ese amor que te enseña que no tienes que poseer ni dar nada material para que alguien te ame; ese amor SÍ EXISTE. Es esa persona que te hace sentir especial, aun cuando tú no logres verlo.

    Ella llegó a mi vida en este momento de oscuridad, penas, derrotas y sueños frustrados para mostrarme que yo sí era valioso, pues veía en mí cosas que hasta yo había dejado de percibir. Llegó como un verdadero regalo del cielo, porque solo Dios puede poner en tu camino a alguien tan especial y hacer que te ame.

    Es por ella por quien, a pesar de mis fracasos y frustraciones, decidí levantarme, aprender a luchar sin rendirme y no abandonar las cosas solo porque se vuelvan difíciles. Es por ella por quien hoy puedo controlar mi carácter impulsivo, temerario y osado. Ya no deseo el fin de mis días; todo lo contrario: anhelo una vida larga y próspera, pero a su lado.

    Te cuento esto solo para decirte que si a alguien a quien alguna vez llamaron «la paloma» (daba dos pasos y la cagaba), si alguien tan lleno de defectos, derrotas y fracasos tuvo la fortuna de encontrar la felicidad y la perfección hecha mujer para hallar su musa del cambio, tú tienes muchas más oportunidades de encontrar la paz y la tranquilidad que solo se pueden construir con la persona correcta.

    Hoy, después de tantas horas de vida, puedo decir que no hay nada más hermoso que encontrar a alguien que no ve tus defectos, sino tu valor y la luz que llevas dentro; una luz un poco opaca por el polvo de los errores, pero que sabe que, en las manos indicadas, volverá a brillar. Por esto, hoy más que nunca tengo claro que anhelo volver a brillar, solo por verla brillar a ella y para que reciba esa versión de mí que hasta ahora nadie ha conocido.

Siguiendo el camino de Job


 


    ¡Cuántas veces ese camino lleno de abrojos y espinas oscurece nuestro ser! Cuántas veces, como Job, el personaje bíblico, solo deseamos y anhelamos que nuestra vida tenga fin; que el día en que nacimos no hubiese visto la luz, con tal de no pasar por tantas penas.

    Cuántas veces, al mejor estilo de este personaje, anhelamos la muerte porque nuestra existencia parece haber perdido el sentido y haberse convertido en un sendero de tristezas y amarguras. Un camino que creíamos sembrado con amor, desprendimiento y generosidad, ahora solo nos devuelve mezquindad, rechazo y señalamientos; y, aunque aceptemos nuestra responsabilidad, la carga se vuelve insostenible.

    De la vida ya solo deseamos el descanso final. El sufrimiento se presenta a cada paso y nada nos brinda paz; nuestro espíritu no ve salida y todo lo que nos rodea nos lastima y nos recuerda la fragilidad y miseria de nuestra existencia. Pero, por más que la busquemos, la muerte parece esquiva; no la encontramos. La vida perdió todo su brillo y, en esa absoluta oscuridad, solo reina una tormenta de desesperanza.

    El amor honesto que logramos hallar en el devenir de los días parece terminar arrastrado por nuestro propio dolor hacia un sendero de ruina, destrucción y perdición. En lugar de ser un refugio o un alivio para quienes amamos, sentimos que los hundimos aún más en ese pantano de zozobra. Con cada paso, nos percibimos como un faro de desolación y, al contrario del rey Midas, nuestro contacto transforma en ruina todo cuanto rozamos.

    Los pequeños haces de luz en este túnel terminan siendo solo espejismos que encierran más dolor. Nada —absolutamente nada— logra disipar de nuestra vida ese mundo de penumbra, soledad y desesperación. En medio de este caos, no sabes qué hacer, no sabes adónde ir y hasta la muerte parece huir de ti. Anhelas un cambio, un camino que te motive y te levante, pero nada logra inspirarte.

    Sin embargo, es justo ahí donde necesitas recordar que el camino hacia la grandeza, el recorrido de un héroe, debe atravesar primero un desierto de oscuridad y lamento. La grandeza se forja en el dolor, en la escasez y en la adversidad; solo el fuego de la dificultad y la soledad pueden moldear la templanza en el corazón. Solo quien ha recorrido este sendero puede comprender a otros y servir de faro para no perder la fe.
    
    La paciencia y la fuerza se templaron en los fuegos más intensos del averno, y son precisamente esos fuegos los que te otorgan el impulso necesario para alcanzar todo lo que el destino tiene reservado para ti. Aunque el presente sea oscuro y desolador, al final del camino te aguarda un futuro plenitud y esperanza.