La vida transcurre generalmente en una apatía constante; caminamos por ella como si nada fuera a cambiar nunca. Lo hacemos con la certeza de que, más allá de nuestras decisiones, no habrá sobresaltos ni giros significativos que alteren el status quo. Creemos que todo está dado por sentado y que el mundo mantendrá nuestra rutina impávida ante lo que sucede alrededor.
Todo hasta que, de repente, un fenómeno natural lo transforma todo. Aquello que parecía cierto e invariable cambia en el transcurso de un solo minuto. Un simple movimiento de tierra basta para que lo considerado estable y estático se transforme por completo.
Aquel entorno de comodidad y certezas se convierte en un escenario lleno de incertidumbres, dudas y aflicciones que no sabemos cómo enfrentar. De pronto, la vida da un vuelco drástico y no precisamente para bien. Lo seguro desaparece, dejándonos flotando en medio de un océano de adversidades.
Nuestra existencia cambia: ya no sabemos qué paso dar ni qué ocurrirá con nuestro entorno. Ya nada es seguro; el miedo se apodera de todo y la vida parece perder sentido, pues los lugares y las personas que eran nuestra ancla, nuestro punto de partida y descanso, nuestro refugio seguro, han desaparecido. ¿Y ahora?
¡Ahora es el momento! Es el momento de mostrar de qué estamos hechos, qué nos motiva de verdad y de qué somos capaces; de dejar de lado la soberbia y el ego para tener la humildad de reiniciar desde cero y reconstruir nuestro mundo. Es la oportunidad que nos da la vida para tener una hoja en blanco y escribir un mejor futuro.
Se trata de una oportunidad para aprender de los errores, cambiar, avanzar y dejar de dar todo por sentado. Es la oportunidad que Dios nos brinda para crecer, reconocernos y descubrir nuestro verdadero potencial. Es el momento de empujar esa vaca que nos mantuvo anquilosados durante años y empezar a enfrentar el invierno con la fuerza del corazón.
No es un final, es un nuevo comienzo. Una invitación a encarar la adversidad con la certeza interior de que poseemos la fuerza para superarla y que nada nos puede detener, siempre que mantengamos la humildad para seguir luchando, aprendiendo y, sobre todo, confiando en que Dios estará siempre con nosotros.
No es fácil; yo lo perdí todo en este terremoto, pero sé que lo que viene será aún más grande que lo que dejé atrás. Tú también lo puedes lograr. No te quedes en el dolor ni en la pena: pon la mirada al frente, levántate y sigue, porque el camino siempre nos mostrará la ruta que más nos conviene.