Estando a tan solo un lustro de alcanzar el medio siglo, y después de haber vivido infinidad de experiencias por mi mala costumbre de dejarme llevar por la curiosidad, el placer y el miedo a vivir —caminando por cualquier lugar sin temor a las consecuencias—, dejé atrás una extraña infancia retraída y puritana.
Luego de una juventud y una adultez en constante búsqueda de aceptación, y al mejor estilo de Ricardo Arjona, saltando de cama en cama sin hallar mi lugar, llegué a un punto donde casi todos, de una u otra forma, pareció que solo expresaban decepción por mis resultados alcanzados. El balance: una cuenta bancaria en rojo, múltiples dependencias emocionales y una soledad provocada por mí mismo.
Fue en ese momento tan extraño de mi vida cuando conocí a la persona más maravillosa del mundo: fuerte, inteligente, bonita, tierna, sensual, brava, humilde, sin rencores ni culpas. Tenía poca autoestima, pero en todo lo demás era un ser humano perfecto; por lo menos, a través de mis ojos.
Lo triste del asunto es que llegué a ella en una de las etapas más oscuras y lamentables de mi existencia, donde, con más pena que gloria, me encontraba nuevamente en la búsqueda de aceptación, de amor, de compañía y, cómo negarlo, de un placer íntimo diferente. Mucho antes de conocerla, yo ya había renunciado a todo, incluso al deseo de alargar mis pasos en este plano de la realidad, transitando un camino de abrojos y espinas que muy seguramente yo mismo había sembrado.
Pero la llegada de este regalo de la vida, este don maravilloso enviado por Dios, me ha devuelto el deseo de vivir y de luchar (algo totalmente nuevo para mí). Me enseñó a enfrentar los dolores del camino, con la única motivación de brindarle a ella la paz y la tranquilidad que me entrega en cada abrazo y en cada beso.
Por primera vez me di cuenta de que ese amor de los libros —aquel que relata la fantasía de enamorarse hasta las trancas— sí era posible. Ese amor que te enseña que no tienes que poseer ni dar nada material para que alguien te ame; ese amor SÍ EXISTE. Es esa persona que te hace sentir especial, aun cuando tú no logres verlo.
Ella llegó a mi vida en este momento de oscuridad, penas, derrotas y sueños frustrados para mostrarme que yo sí era valioso, pues veía en mí cosas que hasta yo había dejado de percibir. Llegó como un verdadero regalo del cielo, porque solo Dios puede poner en tu camino a alguien tan especial y hacer que te ame.
Es por ella por quien, a pesar de mis fracasos y frustraciones, decidí levantarme, aprender a luchar sin rendirme y no abandonar las cosas solo porque se vuelvan difíciles. Es por ella por quien hoy puedo controlar mi carácter impulsivo, temerario y osado. Ya no deseo el fin de mis días; todo lo contrario: anhelo una vida larga y próspera, pero a su lado.
Te cuento esto solo para decirte que si a alguien a quien alguna vez llamaron «la paloma» (daba dos pasos y la cagaba), si alguien tan lleno de defectos, derrotas y fracasos tuvo la fortuna de encontrar la felicidad y la perfección hecha mujer para hallar su musa del cambio, tú tienes muchas más oportunidades de encontrar la paz y la tranquilidad que solo se pueden construir con la persona correcta.
Hoy, después de tantas horas de vida, puedo decir que no hay nada más hermoso que encontrar a alguien que no ve tus defectos, sino tu valor y la luz que llevas dentro; una luz un poco opaca por el polvo de los errores, pero que sabe que, en las manos indicadas, volverá a brillar. Por esto, hoy más que nunca tengo claro que anhelo volver a brillar, solo por verla brillar a ella y para que reciba esa versión de mí que hasta ahora nadie ha conocido.
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