Estas
últimas semanas han sido bastante duras. Quizá como muchas de las que todos
hemos atravesado: de esas que te dejan sin aliento, sin lágrimas y con una
profunda sensación de impotencia y desesperanza. De esas en las que piensas: «Solo
falta que me orine un perro… ¡Chite, perro, chite!».
En
cada intento por buscar una salida, no solo parecía que las puertas se me
cerraban en la cara; en lugar de encontrar un oasis en medio del desierto, me
topaba con espejismos que me hundían aún más en el desespero.
Noches
enteras sin descanso buscando un porqué. Al mejor estilo latinoamericano,
repasaba en mi mente: «¿En qué momento maté a un cura u oriné una iglesia?».
Pero la única respuesta era un silencio absurdo; no un silencio de paz, sino el
de quien ya ni tiene fuerzas para seguir llorando.
Fue
entonces cuando vino a mí aquel texto sagrado: «La fe es la certeza de lo
que se espera, la convicción de lo que no se ve». Y surgió de inmediato la
duda: ¿no es esto acaso una locura? ¿Tener certeza de lo que no existe? ¿Tener
convicción de lo que no está?
Y
sí. Resulta que ese es el secreto.
El
secreto para sostenerme en medio de la tormenta, para no rendirme, para seguir
de pie y no bajar la guardia. Mantener la mirada en alto, consciente de que,
aunque mis sentidos no hallen un motivo para seguir luchando, la razón vive en
la simple convicción de que todo va a mejorar.
Como
escribí alguna vez, estos periodos de sequía e intenso verano nos recuerdan que
no siempre ha sido así y que esto también pasará. No se trata de una fe ciega
en algo imposible, sino de la certeza de que todo cambia: a veces nada el
pato y a veces ni agua bebe.
Tampoco
es vivir con un positivismo incoherente, sino tener la lucidez de entender que,
si hoy cruzamos un desierto, más adelante en este mismo camino nos espera un
oasis para descansar, recobrar fuerzas y seguir creciendo. Sí, hoy estamos en
medio de la sombra, pero el amanecer es inevitable. Solo hace falta no
desistir, persistir, mantenerse firmes y aprender de esta travesía.
No
es fácil; la mente nos juega malas pasadas en los momentos más oscuros. Pero si
lo analizamos con cabeza fría, ya hemos sobrevivido a otros desiertos y también
hemos disfrutado de maravillosos oasis que a veces olvidamos. Por eso he
decidido aferrarme a la convicción de aquello que hoy no veo, pero que sé que
existe porque ya lo he conocido.
Levántate.
No te dejes arrastrar por lo que la angustia y tus sentidos te dictan hoy.
Recuerda que toda noche trae consigo su amanecer; a veces la penumbra se alarga
un poco más, pero la luz siempre termina por llegar.
Por
lo menos, así lo he vivido yo.
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