jueves, 10 de septiembre de 2026

Kabayashi Maru

 


Kobayashi Maru

Hace algunos años, en la segunda entrega de la saga cinematográfica de Star Trek (La ira de Khan), se presenta al inicio de la película una de las pruebas finales para los cadetes de la Flota Estelar: el entrenamiento del Kobayashi Maru. Este ejercicio evalúa el comportamiento de los futuros capitanes ante un escenario de derrota inminente y muerte.

Dicha prueba plantea una situación sin salida, sin solución y sin escape, donde lo único que se puede demostrar es el carácter de cada persona frente a un destino fatal. Un escenario en el que nadie sobrevive y la frustración pierde sentido, pues ya no queda ninguna acción por realizar; todo está decidido y finiquitado.

A veces, en la vida, las circunstancias parecen idénticas. Parece que llegamos a puntos donde no hay solución, donde no importa cuánto lo intentes, nada cambia y todo se torna cada vez más oscuro, sombrío y claustrofóbico. Muchas veces alcanzamos ese momento en el que lo único ejecutable parece ser sentarse a esperar el final («maldice a Dios y muérete»); un punto en el que la mente no encuentra otra opción que rendirse, tirar la toalla y decir: «no puedo más, ya no sé qué hacer».

Fue al enfrentar uno de esos momentos cuando vinieron a mi mente las palabras del Almirante James Tiberius Kirk: «No creo en la existencia de escenarios imposibles; siempre hay una salida, siempre hay una solución». Parece una respuesta demasiado optimista, más aún cuando los ojos solo perciben oscuridad y tormento; parece un intento de renunciar a la realidad para refugiarse en una fantasía.

En los momentos en que atravesamos esos escenarios de oscuridad y desesperación, es cuando más tendemos a pensar que esas palabras son solo ilusiones vacías, que la realidad es despiadada y carece de salidas; que debemos renunciar a toda esperanza y limitarnos a esperar el golpe final.

Pero no es así. El almirante tiene toda la razón. La vida nunca nos deja indefensos en escenarios de muerte y destrucción absoluta; estos triunfan solo cuando nos damos por vencidos. Son, en gran medida, juegos mentales en los que, si te dejas llevar por lo que muestran tus ojos, no te darás cuenta de que la solución está a la vuelta de levantarse, respirar y sacudirte la mugre tras haber tenido que arrastrarte.

Solo debes ponerte de pie de nuevo, mirar a la tormenta a los ojos y decir: «Lanza tu mejor rayo, puedo superarlo». Sí, a veces nos sentimos en medio de una derrota inminente; a veces creemos de verdad que no hay salida, pero se trata únicamente de la angustia que ha cegado nuestro entendimiento: es el cortisol haciendo de las suyas en nuestro organismo para invitarnos a renunciar.

Pero si por un instante nos detenemos, dejamos de lado el afán y la angustia, y centramos nuestra mirada en Dios, podemos decirle a todo lo que está pasando: «Mi Dios es más grande que tú. Mi fe, mi fuerza y mi esperanza no están en mí, sino en lo que Él puede hacer».

En ese instante, la oscuridad empezará a disiparse. Nuestra vista dejará de estar nublada y descubriremos que la solución estuvo siempre al alcance de una decisión: la de levantarnos y seguir luchando. En lugar de ceder al estrés y al cortisol, es momento de activar la serotonina y la dopamina para salir a luchar.

Debemos crear —al mejor estilo del almirante Kirk— nuestro propio escenario: una hoja de ruta con metas y victorias tempranas que nos motiven; un camino para ordenar primero nuestras emociones y no dejarnos arrastrar por ellas, apoyándonos en lo que sí podemos hacer y confiando en que Dios estará con nosotros en lo que escapa a nuestro control. Se trata de abrir los ojos cada mañana con la fe, la decisión y la fuerza para transformar nuestra realidad paso a paso.

Cada pequeño esfuerzo y cada pequeño cambio se irán convirtiendo en una realidad más clara, iluminada y llena de energía. Nuestra vida cambiará, tan seguro como que, justo cuando la noche es más oscura, empiezan a brillar las luces del amanecer.

Es difícil, muy difícil. Yo mismo estoy empezando a recorrer este camino y esta es mi forma de recordarme que el cambio es posible; que no existen los escenarios imposibles, sino personas que se dan por vencidas y dejan de luchar. Levántate, lucha conmigo y cambiemos nuestra realidad.

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